Mi Madrid Sabina

Hundo mis manos en mi cabeza, entre mis cabellos; casi-terciopelo; oscilo y oscilo, cuanto ha cambiado esta cabeza, quizán sean las manos que la sujetan; resulta imposible pensar en qué sucedió para que al recorrer las calles de Madrid, sólo con eso, con aquello, me sintiera completo. Claro está que son muchas cosas las que se han concentrado para que ese paso-tras-paso adquiriera un sentido cuasi místico; para que esa basura en el suelo no fuera más que otro mobiliario necesario de la ciudad; para que a los bares los quieran las calles; para que las farolas cieguen al vampiro. Pero és inútil. Cuántos habrán escrito sobre esto; sin duda menos de los que lo han sentido. ¿Cuántos lo han sentido escrito?

Qué más me da; escribas lo que escribas no hay nada que hacer; siempre habrá gente que lo haya escrito, siempre habrá quién sea mejor que tú; siempre habrá alguien mejor que tú que lo haya escrito. Alguien que lo haya vivido; alguien que lo haya sufrido y sentido, alguien que sepa de antemano de qué va la cosa.

Pero mientras tanto, nosotros a tientas; por las calles de Madrid.

Je ne regrette rien

Oración a París.

No es justo, no es justo, cuándo todo parecía claro, qué gris, no es justo, no me alargues las sombras, París, no me alargues las sombras que si las ves es que hay luces, y no hay luces más luces que París, oh París, pero por ello tienes sombras, sombras de reflejo gris y de azotes enrojecidos que encienden tus cielos cenicientos de nubes arrancadas de las mentes más grises bajo el cielo gris, colores que no duran una vida, ideas que condensan más ligeras que el aire que las rodea, colores que se tornan en gris, grises que se evaporan, y llueve, sólo sé que nunca dejará de llover, en los corazones, en el motor del metro, de la lengua de hierro, aplastas esperanzas, arrollas viajantes, que no escapan, de esta telaraña de piedra.

Paris andar por tus calles me quema, me quema mis suelas de goma, goma que tu alquitrán chupa, chupa; mamona ciudad. Me callejeaste como ninguna otra, voltear tus esquinas es como acercarse demasiado a una espada afilada y no sangrar si nos pincha. París contemplar tus piedras fornidas de historia no es más que morder polvo de muertos. Pero así aún corro por tus calles mientras tu polvo me persigue, pero aún así me adiestraron tus alimañas. Porque París, con tus luces, no eres más que gris. Polvo de estrella en un vacío con acento circumflexo.

Y aún así, insufrible París, non, rien de rien, non, je ne regrette rien.

Sobre lo que había una vez


Había una vez un hombre que perseguía un sueño, los sueños suelen estar muy, muy, muy arriba. Pongamos que su sueño era la Luna, por ponerle nombre propio al sueño, y así poder escribirlo en mayúsculas, puesto que todo lo propio es mayúsculo. Pongamos entonces que una vez había un hombre que tenía un Sueño, la Luna. Pero no era un hombre cualquiera, era un hombre merecedor de mayúscula, pero no era mayúsculo, era más bien un, hombrecillo, un Pequeño Hombre.

Había una vez un Pequeño Hombre que tenía un Sueño, la Luna. Para poder llegar a su sueño tenía que subir muy muy arriba; así que se le ocurrió montarse en un avión, pero no un avión cualquiera; exactamente, se montó en un Avión, el avión después de subir y subir, surcar y surcar le preguntó a el Pequeño Hombre si aún quería subir más; el Avión ya estaba cansado de tanto subir, pero ante la sorpresa de todos vosotros, el Pequeño Hombre dijo que no, que ya no quería subir más:

el Pequeño hombre estaba mirando fijamente a través de una ventana, en minúscula y minúscula del Avión, y la tierra delante de él y des de allí tan arriba tan arriba tan arriba, se había convertido en un plato de verduras muy bien cocinadas, al mirar el borde del plato sintió tal emoción, tal cosquilleo en su corazón, vio como más abajo de su Sueño, la Luna estaba algo mucho más increíble que todo cuánto había podido imaginar nunca; una cosa que los Mayores llaman Horizonte; el borde del plato de verduras en un inmenso cuadro de acuarelas azulmarinas, a veces casi claras, a veces casi oscuras.

Había una vez un Pequeño Hombre que tenía un sueño, la Luna y gracias a ello se subió a un Avión y cuando llegó al Horizonte de los Mayores se dio cuenta de que en esta vida no hay mayúsculas que valgan si estas no van acompañadas de un sueño que nos conduzca a ellas.

Palabras olvidadas, habitaciones prohibidas

De mis manos,dedos,yemas caen palabras de formas, pero residen en algún lugar entre el limbo y el linfático muchas otras formas sin palabras. Formas que se dibujan entre las sombras, de una habitación cerrada, en la que abro los ojos.

Repentina veo una ventana, al fondo, toda ella luz tenue,fatua,rectangular y recuerdo,proyecto,veo tantas habitaciones cerradas, tantas habitaciones en las que me encerré que en ésta por mucha puerta que cierre, jamás podré encerrarme en ella.

¿Dónde está mi casa con su habitación cerrada? ¿Dónde están mis llaves invisibles? Si desapareciera ese rectángulo crepuscular: no hay luz, oscuridad, sofocante oscuridad, profundo y ardiente dolor. Sólo el tintineo de unas llaves me puedes, sólo el tin-tineo de unas llaves te pueden, sólo el tin-ti-neo de unas llevas nos pueden. Encerrarme de nuevo en mí habitación antes de que...

mis palabras olvidadas, mis habitaciones prohibidas.

En este día perfecto


Para el observador práctico, se trata de una cuestión de tiempo. Una casualidad; una gota que cae en el lago de la realidad y propaga ondas de casualidades. Un evento que seca los cielos y marca el rumbo de nuestras vidas, sopla las velas y nos lleva dónde queman las estrellas.

Sueños que vienen de cielos distantes, muertes que hemos vivido silenciosamente, respuestas sin preguntas, dolores que nunca sufrimos, conversaciones no habladas; una gota que lo puede con todo. Una gota que encuentra todas las verdades detrás de la gran mentira. La mentira que nos envuelve día a día, paso a paso, calle a calle, casa a casa; mentira que creída nos ordena nuestras vidas, nos envuelve nuestros pensamientos. Te veo andar y ya no me fijo en tí; ya no me importas; hay una casualidad más importante que la tuya: más causal.

La vida me quema en la distancia, tu Sol le sonríe a sus cenizas; en este día perfecto.

¿Sabían qué?

Llegó el otoño, octubre y otoño, tan íntimamente entrelazados, tanto cómo intimidará hoja, no seca (para secar llega el invierno), sinó húmeda, con súelo húmedo; cómo en un acto sexual terrenal, eterno, confundiran nuestras pisadas hoja con tierra. Y ese olor; ese olor a hoja quemada. Ese olor a humo natural, naturalmente.

No en vano me mira amenazante el ojo de la noche; esta luna (casi llena) que entre tres nubes, es parpadeada por los cielos y por un instante encontrando su encuadre perfecto, cuál criatura infinita, curvada hacia los horizontes, me mira; un iris crateado, tirando a amarillo, por viejo y que también por sabio; y luego esa ventisca, húmeda, pero sin punzar (para punzar llega el invierno), y luego esa luz de farol, farolillo, farola, lo que sea, que cuál escena filmográfica, ilumina parte del camino, (para llegar llega el invierno).

Gozar de estos días que día a día se hacen cortos y lúgubrean más de la cuenta.
Ver cómo todo se marchita, como todo perece, no antes sin dejarnos el mejor pastel de tonos apagados, rojizos, anaranjados, grisáceos, ese mural que lenta y parsimoniosamente se irá tornando en gris. Porqué todo se torna en gris (para blancos y negros llega el invierno).

Y lo pregunto. Porqué todo se torna en gris. Crece la melancolía y el recuerdo de días mejores, lo exhala cada hoja de árbol de bosque. Nosotros lo inhalamos.

¿Porqué te fuiste cuándo pudiste ser mía?

¿Saben porqué? Porqué llegó el invierno.

Sobre errar por el Boulevard de los Sueños rotos


Y cómo proyectándose desde alguna bovina olvidada volvió; se entrometió en mis sueños, logró sortear las trampas y los laberintos de mi subconsciente para volver a instalarse allí, tumbada desnuda encima de esa habitación de mis sueños y mi ensueño; aquella en la que dispongo y despacho mis deseos.

Así que la visita fue obligada, en mis sueños no hacen falta muchos pretextos para acariciarla, para conducir mis manos hacia el sur de sus placeceres, para acariciarla, para encenderla, para llenarla.

Fue una largamente entrada noche de octubre, o del més en el que entra el invierno, no quedaban esperanzas para disimular la oscuridad; el señor de la noche no estuvo conmigo, dispuso sobre mí tan sólo las sombras; abatido me decidí por volverme a mi madriguera; de camino, se nos encontraron los ojos, cómo las canicas de dos mocosos de la escuela, iridiscentes, fragmentando los colores y estallando entre ellas, perfectamente elásticas “clac!”. Así chocaron nuestras miradas, así aprendí durante 7 meses, 7 días y unas tantas horas, a desearla. Claro que todo esto no tendría sentido si no viniera ahora la parte en la que se satisfifieron mis deseos, y llegó.

Pero de todo eso hace ya mucho tiempo; el niño ha perdido ya todas sus canicas.

Es por ello y sin ningún otro pretexto que al levantarme de entre esa proyección de bovina extraviada me pregunto, ¿porqué? ¿porqué ahora vuelves de dónde la magia?

Fotografía "Apropos To Magritte" de Nick Darastean

Sobre un retrato de relato

No me cansaba de contemplarte, contemplándote, eras cómo un paisaje extendido desde el punto de fuga de la belleza, hasta mis iris; enfrentando nuestras esmeraldas. No me cansaba de tenerte al alcance de una caricia; no me cansaba de recorrerte con la mirada, recorrer sin brújula el sur, pero sobretodo el norte de tus extensiones; flores en su primera primavera.

Iris a iris, parpado mío; parpado tuyo. Estabas tan viva para mí, puros colores, una vida en alta definición. Yema a yema, cuando convenía. Y cuando no, la oscuridad se encargaba de hablar por nosotros.

Pero un día de tí sólo me dejaste un remitente; a mano alzada. Provocó eso que una ligera cortina, de las planas me refiero, se dibujase entre nuestros rostros; al principio nada; una leve pátina de hielo que con un poco de calor, de acercamiento, conseguíamos derretir y regalarnos si cupiera, un beso mojado.

Pero implacable pasó el tiempo; y llegaron muchos inviernos. Por ello, deshoja a deshoja esa tela de hielo se convirtió en una placa, suficiente gruesa como para que a destiempo nuestras pasiones no fueran capaces ya de fundirlo; de este modo empecé a verme reflejado; así que ya, sobre el cristal, pinté tu retrato.

Colgóle cerca de mi mesa, desde dónde te escribiría; primero algunas cartas correspondidas, más tarde ya; monólogos que no vieron luz de día. Así que tu retrato a compás de mi cabello con el tiempo se desteñía.

Así que llegaste a ser eso, un retrato en la pared del tiempo; “acompañado de muchos otros” pensarás quizá desde allá arriba. ¿Porqué será que no quieren llevarme contigo, dónde no existen ni noche ni día? Me dijeron que el cielo estaba cerrado y el infierno lleno; así que no hay otro remedio, vagar por la tierra a desgana, detrás de telón de la vida.

Soy ahora viejo y gris, no es precisamente amor lo que añoro, ni tampoco estima; pero eso sí te prometo una cosa, contemplaré los atardeceres desde tu lápida, con la esperanza de que en la hora en la que la noche encuentra el día, vengas a mi encuentro, y si no eres tú, aquél que el muy jodido, devuelve todas las cartas que me envias.

PODCAST: Sobre el día, que nunca llega



Tercer Podcast, esta vez, sobre el útlimo texto, Sobre el día, que nunca llega, por así decirlo se trata del primer texto que escribo pensando directamente en grabar un podcast. Este pequeño poema, nació en un viaje de autobús en el que me dió un tanto de pereza hacer otra cosa que no fuera mirar por la ventana, mientras escuchaba la canción "Everything fades to gray" de Sonata Arctica, la misma que suena de fondo en el Podcast, se me ocurrió el principio del mismo. Espero que os guste.

Sobre el día, que nunca llega


Nada, un ruido.
Nada, serie de tímidas huellas en la tundra, asustadas.
Nada, delirios en la oscuridad.
Hierbas temblorosas cobijadas bajo un manto blanco.
Heladas, silbante viento, ramas resonantes.
Miedos consonantes, llano en la penumbra.

Y al fín, el rayo que no cesa.
Proyección sutil rosácea que acaricia la estepa.
Perlas cristálinas, desheladas; rocío. Indicio de mañana.

Y al fín un pájaro canta. Y otro. Otro.
Lapis lázuli dispersado cubriendo llano.
Escarcha que se desprende de telaraña;
insecto que liberado, alas baten, haces cortan.

Y llega la primera hora de Zaratrusta.
La mañana que nos da la vida; viviendóla.
Cuál cosa infinita. No hay llanto si no es por espinas.
No hay mal que por bien no venga:
persistentemente tras las nuves; rayos de esperanzas.

Quisieras que cesara ese rayo al mediodía;
zenitalmente se llega a la cima,
llegada la mala hora, se alargan las sombras de la vida.
Encurvando el paisaje de la carne;
siendo visto, verse reflejado en ojos de otros.

El rubí ya se fragmenta ya recubre hasta las emociones;
la conciencia de que no todo dura;
el saber en su conocimiento se da por repetido;
las ganas de hacer nada; el ir tallando el cobalto.
Pulir el azabache pues no se tiene otra cosa en la vida.

Retorno de las consonancias, de los silvidos, las resonancias.
Violines que violentos anunciarán ruidosamente la vuelta
hacia la nada.


La fotografía que encabeza el poema por Pere Sitjà i Corrius, publicada aquí.