Un giro de trama inesperado

Recuerdo el día, ese viernes no cualquiera. Todo anduvo por un camino en el que la sensualidad tomó el protagonismo. Tan apagada, tan cansada, tan pálida, tan tanto pero tan poco a la vez. Por eso pasaste por delante y ni siquiera sentiste mi presencia, transparentabas tanto, que pasaste de largo. "¡Eh!" exclamé, seguramente de forma más sutil, suave, no recuerdo ya, ya fue hace demasiado. Tu camisa también era transparente y blanco el sujetador que contenía un algo y un aire tan denso como ese algo, ese aire que ni siquiera compartimos.

Yo te respiraba pero tu ya respirabas otra cosa, tu olor era un preludio. Qué preludio. Lo que te de-gustaba. Canela. Sexo. Palabras, sólo palabras. Eso fueron: palabras transparentes. Como he dicho ni el aire compartimos: como íbamos a salirnos del papel. Seguramente el orígen de tu transparencia - cansancio -, esa que te cubría el rostro, se intuía debajo de tus ojeras, de la transparencia de tu esbeltez inusual de aquella tarde, tan delgada, quizás ilusiones mías.

Pero los preservativos que se deslizaron entre tu bolso te delataron. De nada sirvió que encendieras el cigarrillo con cierto estilo y deslizaras la cajetilla encima de ellos. El humo te resguardó de tu transparencia y esfumó los olores y las sutilezas.


Nos despedimos en una esquina, recuerdo, de forma discreta, sin pronunciar una palabra desmedida, desbordante, que sobrara, ya supiste. El octavo pasajero esperaba en tu portal y yo manos en el bolsillo, pisé con cierta indiferencia el suelo de aquella tarde de viernes no cualquiera.

CANCIÓN: Write me



Segunda CANCIÓN, casi un año después de la publicación del mismo. Se trata de una ligera reinterpretación del tema "Draw Me" de Sonata Arctica, tan sólo hay ligeras modificaciones en la letra así que no se me debe reconocer prácticamente nada en la parte esrita y por supuesto tampoco en la melódica. Está grabado de forma casera en Bruselas, la primavera de 2009.

Ascención de nosotros

Paseábamos juntos y te dije
                                                      mira ahí
un pájaro impactaba violentamente sus alas
contra el asfalto ardiente de una hora cenital
en la mitad de la carretera el azar le sorteaba
montado en automóbiles y motocicletas
y el azar actuaba sin intención entiendo

Paseábamos juntos y te dije
                                                     vayámonos
porque no había esperanza, si no podía levantar el vuelo
contra un asfalto ardiente de una hora cenital
no lo levantaría nunca y nadie se cercioraría
ni siquiera la rueda azarosa que le pasaría por encima
juntando su frágil y caliente cuerpo con el asfalto cenital

Paséabamos juntos y te dije
                                                    cuando volvamos,
                                                    ya quizás nada exista.

Viscosidad Dinámica

Los ingredientes para pasar una eternidad son sencillos,
mesurables, tangibles, finitos y cerrados en contornos.

Pero debes cuidar tu partida; si la Luna está llena y cenital,
entonces tu sangre y tus lágrimas; serán muy fluidas.

Si la Luna es nueva y se atreve a mostrarte su cara oscura,
entonces tu sangre y tus lágrimas; serán muy densas.

Pues ella lo puede todo, hacer pesados o ligeros tus pensamientos,
decidir si es momento, o no, de ponerte en órbita interplanetaria,
y pasar allí una eternidad mesurable, tangible finita y cerrada.

Un cartucho de sueños



Dentro de un espacio gris monocolor de pocos centímetros por pocos centímetros se encierra un mundo. De éstos mundos monolíticos y pétreos los hay a centenares incluso miles. Y si por si esos números no fueran ya apabullantes, al tratarse de mundos, podemos afirmar que de cada uno de estos centenares inculso miles de mundos hay otras decenas de miles, de algunos incluso millones de copias; mundos paralelos. Cada uno de ellos en su única circumstància temporal, su única cirumstància espacial; un único binomio azaroso. Mundos con reglas distintas que les distinguen, en unos la vida crece del derecho, en otros del revés. En unos dos más dos son uno y en otros uno más uno dos.

[Son mundos que estaban disponibles a unos pocos miles de pesetas y por ello tenías que tener una maquinilla, la Game Boy era la guinda del pastel, aunque las hubo mejores. La mayor parte de estos ejecutores de mundos digitales están hoy en día recubiertos de polvo, olvidados en cajas olvidadas dentro de otras cajas. Un olvido cúbico. Sin embargo de vez en cuanto hay situaciones que propician la puesta en marcha de estas mundo-ejecutoras. Por poner un ejemplo; una mudanza.]

Se sentía triste por tener las manos cargadas del polvo de cosas olvidadas que ahora caerían en un olvido más profundo; eran días grises de un mes de Julio llenos de polvo de estanterías, el peor de los polvos, porque los levanta uno mismo. Lo tenía casi todo listo, hasta que por caprichoso azar encontró su vieja maquinilla en amarillo y verde oliva junto con algunos cartuchos de aquellos juegos que de niño le parecían imposibles. Y la decidió poner en ON. El Led rojo que le indicaba “¡Adelante juega, que tengo pilas!” le sorprendió menos de lo que debería haberle sorprendido, sobretodo después de tantos años en ese olvido cúbico, se le pasó por alto la rareza que se encendiera, dando paso a la pantalla principal del juego a la que extrañamente no recordaba tan bien elaborada. También eso se le pasó por alto.

Empezó el primer nivel con su personaje preferido, y la pantalla pareció adquirir uno a uno los 254 colores que le faltaban a esa pantalla cuyas líneas de píxeles parecían aumentar por momentos y expandirse delante de su vista. Se dió cuenta incluso que la silla sobre la que se había sentado cada vez se parecía más a otra cosa, otra cosa en la que sin lugar a dudas cada vez estaba más y más tumbado, hasta que le pareció, mientras avanzaba por el primer nivel, que ya estaba tumbado en algo que parecía una hamaca y que jamás había tenido en aquella casa de la que se estaba a punto de mudar. Pero parecía que todo aquello se le pasaba por alto y por lo tanto su concentración para con el ya entrado segundo Nivel del Juego seguía in crescendo. La pantalla antes de apenas alguna pulgada, se expandía más allà de la vista y los colores se hacían más vivos y matizables por momentos. Empezó a sentirse el personaje principal, sin que eso le dejara de pasar por alto y se encontró a sí mismo ante un paisaje infinito por los cuatro costados. Una planicie inclinada de hierba baja, seca. Ascendente, siempre ascendente con un camino en medio y que dejaba ver la intuición de un horizonte de azul invernal, acercándose al atarcedcer. Él ahora volaba, ahora caminaba en este paisaje que se repetía y que requería de un avance sólido pero dudoso a la vez. Empezaron a aparecer, primero algunas y al rato más, pequeños cantos rodados y piedras grises que adquirieron cierto patrón haciéndo de ellas unos antiguos e incluso primordiales vestijios de una antigua civilización. Los patrones de ruinas que construían sutiles formas se repetían, empezaron a recordar casas, huesos que contuvieron a ninguna criatura en concreto, criaturas de esa estepa túndria en plano inclinado, infinita por ambos lados y gélida de cielo azul pálido haciéndose oscuro, pendiente de encenderse en crepúsculo. A medida que él avanzaba las piedras empezaron a avanzar con el paisaje, se hacían vivas pétreras, golémicas, máquinas de esas civilizaciones antiguas, movidas por un ímpetu interior extracorpóreo, una voluntad de máquina sin finalidad alguna. Se preguntó qué hacía allí y detuvo su paso y ante él un granito antropomórfico se dirigió a él, por supuesto a estas alturas del juego, del mundo, del Nivel, se le pasó por alto que algo de tacto parecido al granito le respondiera sin articular palabra, también le pasó por alto que mientras hablaba sin decir palabra con aquél granito antropomórfico cayó la fría noche y del cielo oscuro colgó una única y pálida y tíbia estrella colgó de él, justo encima de su cabeza en un polo norte magnético imaginario. Señaló la estrella con la punta de una mano pétrera, ese es el último Nivel, llegar hasta allí, allí arriba. Pregunto que qué había allí. Y respondióle que allí, allí estaba él.

Dado un soporte raso, blanco, una nada bidimensional y de dimensiones infintas le acotamos unas magnitudes físicas de longitud y le proporcionamos de algunas reglas fundamentales podemos obtener de ellas patrones, una vida que descodificaremos en binario, llamémosle bida. Una bida capaz de empezar en si misma y terminar sobre si misma, unas condiciones iniciales que a través de algo bivo que no es causalidad se hacen condiciones finales hasta que en algún momento un ente superior lo pone en posición OFF.

Ante las puertas del Infierno

Quisiera que fuera tan fácil como llenarme de voluntad y andar hacia la terraza, correr la puerta, no sin antes haber subido la persiana de mimbre y contemplar un cielo azul. Muy azul. Azul como la idea de azul que todos tenemos. Y si entonces se cumpliera que el azul es azul, el rojo es rojo, el verde es verde, el amarillo; amarillo. Todos los colores fueran realmente lo que son y no matices, entonces quizás habría llegado el momento de ir en tu búsqueda.

Pero ¡desdichado sea! las cosas no son tan fáciles. No es por quejarme: he construido un mundo imposible a mi alrededor. Un mundo en el que temo a no poder escribir como pienso. Tanto miedo a que las palabras nunca roten sobre si mismas y salgan del plano del papel, que nunca bailen delante de los reflejos de tus ojos y una a una con un timbre y un tono parecido al mío, se proyecten en los cristales de tus ojos. Una a una. Nada más.

Empezaré cerrando los ojos y saldrán las palabras: rostro alegre, mirada perdida, sonrisa inconfusible; estallido de pelos, ahora rubios otrora castaños ¿Belleza? Sin duda alguna, belleza y además antisimétrica, labios tiernos pero imperfectos. Y qué mirada, dulce, dulcísima, de miel dulce dulce, dulce. Siempre viscosa entre una sonrisa. Ojos de otro estallido; verdes, azules, ámbar. Nariz afilada, hasta cierto punto, mejillas ahora rosáceas, ahora si te hubieras reído. No recuerdo lágrima alguna que los cubriera.

Una vez dudé pero ahora ya lo sé; fui una distracción más en el juego de tu vida, una casilla a la que llegaste entre dos tiradas de dados: porque decidiste tirar otra vez. Algunos deciden quedarse y no vuelven a jugar a los dados, pero no fuiste tu. Una vez traducí esas dudas en silencios, expectativas y expectaciones, en ser espectador, en respuestas que siempre llegaban ligeramente tarde. O demasiado, según se mire, demasiado tarde.

Es demasiado tarde. Los verbos copulativos son demasiado graves, pero hay que arriesgarse a utilizarlos. Si un tribunal me acusa por violarla con verbos copulativos entonces no tendré miedo, porque el jurado está de mi parte y además tengo testimonios de que en realidad nunca fue así, de que en realidad las palabras del mundo que he construido no han rotado sobre si mismas y no han salido del plano del papel porque pesan, el peso de las palabras, las palabras no pesan; se las lleva el viento, las palabras en boca son ligeras, privadas ellas mismas de su propio peso, de un atributo que jamás tendrán; ondas de presión que perturban las partículas que forma el aire y así se transmiten hasta que llegan a nuestro oido y por procesos físicos, electroquímicos y culturales nos dicen algo, que inmediatamente y en mayor o menor medida se convierten en un fenómeno fisiológico, no han tardado en sudarme las manos, porqué la palabra escrita pesa, sobre el papel, unos pocos gramos, son ligeras pero pesan y pocas palabras pesan tanto como las que plasmo ahora encima de esta pantalla, su peso les da múltiples significados pues quedan escritas, dan pié a la interpretación y a la inmortalidada la griega; puedes leer entre las juntas de las letras, una fuente que emana palabra, una lluvia de recuerdos en una tarde de cielo azul, azul, un momento amarillo, amarillo, para extender, tirar líneas y para dibujar, de una forma u otra, la historia de mi casilla.

He intentado durante demasiado tiempo violarte con mis palabras; te he escrito sin tu consentimiento. El silencio es la más ensordecedora de las respuestas de entre las que podías escoger. Y ya no hay nada más allá de este cielo azul, azul, azul y azul, que las puertas del Infierno.

Mira; te escribí un poema

Y menos mal que
de tanto en tanto
por tí pero sin contigo
las cosas se vuelven locas.

Y digo locas por no decir
que el mundo se centrifuga,
es decir yo sigo en el centro,
tú irremediablemente te alejas

Y la brújula da vueltas y vueltas
siguiendo el surco de un vinilo
con una vieja canción impresa.

Y claro, siempre me mareaba
hasta que dí con el remedio y
mira; te escribí un poema.

Capitán, armando rampas I

“Ventana, por favor”. {Siempre ventana. Para poder ver la más ligera de las curvaturas en el horizonte, si las nubes altas lo permiten.} [La chica joven de mirada atenta siempre dispensa los billetes con una sonrisa crepuscular, su piel es suave pero tensa, su pelo recogido en tensión bajo un gorro con los colores de la compañía.]

“Cinturón, llaves, monedas, ¡Todo fuera por favor!” [La cola es larga la gente sostiene en su mirada, en su mayoría un hastío provocado por un proceso absurdo que no se cansan de pasar, ordenador fuera, líquidos milimetrados, cinturones fuera y manos arriba] {Siempre es lo mismo y nunca consigo convencerlos de que no llevo nada encima, ni de que un iogur no es un líquido}. [Hay que tener sumo cuidado de no olvidarse de la tarjeta de embarque en una de esas bandejas]. {Puerta B-15, Fila 12, Asiento A, puerta b-15, fila 12, asiento a, puertab15 fila12 asientoa, pb12 f15 aa.} [Echa un vistazo a la tarjeta] {¡Maldita dislexia!}

[No hablará con nadie más, ni en la espera para embarcar, rodeado de cosas en la falda de la gente, portátiles, libros electrónicos, tabletas, bolsas duty-free, y si acaso, algún niño. Tampoco hablará con nadie haciendo cola, estará escuchando su reproductor de música:]

{leavin’ on a jet plane don't know when I’ll be back again}

[Y entonces se empezará la carga del pasaje al avión, primero entre las filas 14 y 25 (no hay fila 13) y después ya le tocará entrar, buscar un espacio para dejar su equipaje de mano previo saludo tan aprendido como cándido de una azafata, lo dejará, el equipaje, y se sentará en la fila 12, abrirá la ventanilla, que estará bajada cuando se sienta, con el espectáculo para la vista que supone la vista de halcón desde las alturas, ¿Quién querría privarse de tal espectáculo? El anterior ocupante del asiento A de la fila 12. Unos 15  minutos después de haberse sentado en su asiento se escuchará por la megafonía:]

“Capitán, armando rampas”

[Y a pesar de haber viajado varias decenas de veces en avión en toda su vida, por primera vez se preguntará:] {¿Capitán Armando Rampas? Qué nombre más ridículo.} [Pero entonces reflexionará durante unos instantes, y con la mirada perdida hacia un punto de fuga a través de la ventanilla, quizá situado entre un hangar de carga y la colina más próxima del aeropuerto, tendrá una pequeña revelación:] {Ah... Capitán armando rampas, claro, listos para salir a volar. Curiosa expresión.} [Tendrá ganas de búscar su significado con su smartphone pero no habrá tiempo porque una mujer con forma de de sonrisa cándida y aprendida le recordará eso de:] “Caballero le recordamos que a partir de este momento debe desconectar todos sus aparatos electrónicos”. [Él siempre se lo toma al pié de la letra; siempre se duerme antes del despegue, eterno es la rodadura hacia la pista de despegue, profundo es el sueño en el que se duerme y violento el despertar. Una violenta sacudida del aparato le despierta justo en el momento en el que el avión levanta el morro, así que por unos instantes le da tiempo de ver como alza el vuelo y todo se miniaturiza a una velocidad endiablada], {siempre como las maquetas de tren de la tienda de juguetes}. [Él siempre tiene esa imagen en la cabeza cuando despega y asciende, asciende hacia las alturas. La imagen que no tiene es la que dibuja está fase del vuelo como, junto al aterrizaje, la más peligrosa de todas. Sigue contemplando las vistas desde la ventanilla cuando de pronto:]

[Redoblan unos tambores imaginarios]
[Se empiezan a apreciar ciertas sacudidas]
[Entra un cuarteto de violines imaginarios]
[Se amplian las sacudiadas]
{Siento cosquillas en el estómago}
[El avión se precipita al vacío por una décima de segundo]
{Cosquillas de las malas}

[La música imaginaria se ha convertido en el acompañamiento perfecto de la tragedia que puede producirse, en potencia, a continuación. ¿No lo han pensado nunca? Montarse en un avión es lo más parecido a la lotería de la muerte: hay muy pocas posibilidades de que nos toque (ínfimas) tan pocas como las que tenemos que nos toque la lotería (la de ganar dinero) y sin embargo si nos toca no tenemos nada, nada que hacer, tan sólo esperar que la muerte sea rápida e indolora, pero ¿como serán esos instantes previos a esa muerte? Una muerte que va precedida de una precipitación al vacio, hacia un vacío con un fondo que mata no puede ser una buena muerte. Pero mejor no nos anticipemos ante los hechos, veamos como se aproxima a ello el protagonista de esta historia].

Fín de la parte I


El Fuego del Mundo está en otra parte

Suena el crepitar de una piedras y arena bajo las ruedas de un coche que aparca, se abre una puerta con su familiar sonido y aparece un pie que con firmeza pisa el suelo, aparece un segundo, se hacen a un lado, y se cierra la puerta, con su particular sonido.

En un barrido horizontal vemos dos rostros. Uno de ellos es masculino y fija su mirada en un punto y tiene la boca entreabierta, una expresión de sorpresa se mezcla con la gravedad de un ceño fruncido. El otro, a la derecha de la panorámica, es femenino y sobre unos labios cerrados hay unas gafas de sol, que al fijarse nuestra vista en ellas son retiradas por una mano suave, dejando tras de sí un gesto grave (también).


El plano se situa en la espalda de las dos figuras que acaban de descender de un coche alquilado y frente a ellas se extiende un particular paisaje. La luz ivernal de la tarde, naranjosa bruñe toda el terreno en su extensión y proporciona un tono rosáceo a un cielio extrañamente azulado. A la derecha y mediante una suave pendiente se yerguen tres colinas sin apenas vegetación alguna, el terreno es rocoso, con motas de hierba seca aqui y allá. Algunos postes de tendido eléctrico de madera se reparten aleatoriamente por la escena así como cercados de piedra y caminos rurales. A la izquierda discurre una carretera y se perfilan también montes pero de menor interés. Sabemos que más allá de estos se encuentra el oceano. Un oceano que no vemos desde el ancho valle en el que estamos.

De varias decenas de puntos en los montes a la derecha de la panorámica se levantan humaredas arrastradas hacia la izquierda por un suave viento septentional. El aire huele a vegetación carbonizada.

“Con esta luz y en esta tarde, parece que estemos en el fín del mundo”, dice el rostro masculino con su mirada fija (aún) en un punto (en el mismo) y con la boca entreabierta, (después de articular las palabras) y el ceño fruncido.

El fín del mundo.

El fín del mundo es una isla. El fín del mundo es estar en la punta de una isla de un mar infinito y un horizonte de más de ciento ochenta grados. La gente que vive en el fín del mundo tiene una mirada pálida y húmeda que refleja el fín del mundo. La gente que vive en el fín del mundo y tiene esa mirada hacen fuegos en las colinas que están cerca de esa punta de más de ciento ochenta grados. Los fuegos del fín del mundo son arrastrados por suaves vientos septentrionales y huelen a vegetación carbonizada y cubren todo el cielo con esa luz y en esas tardes que hacen que parezca que están en el fín del mundo. El fín del mundo es contemplado por dos rostros graves y el fín del mundo son colinas que arden y arden mientras islas de ciento ochenta grados se hunden en un oceano de un mar infinito y aire carbonizado, ceño fruncido, tendido eléctrico, madera extrañamente azulada, derecha, monte, luz rocosa, también que crepita un tono invernal de motas erguidas.

Se abre una puerta con un familiar sonido y aparecen dos piés pisando con firmeza el suelo, uno desaparece y le precede el otro. Se cierta una puerta. Al encendido de un coche le sigue crepitar de unas piedras y arena bajo las ruedas de un coche que se aleja.

Amanecería


Si un día no saliera el Sol,
amanecería, aún así.

Bastaría sólo con que
levantaras un párpado

y un iris verdoso reflejara un brillo,

por ejemplo el que emite mi sentir hacia tí.

Se me antoja no obstante más difícil tener yo suficientes fuerzas gés
que te atraigan hasta hacerte despertar a mi lado,

que un día no salga el Sol y no valga ni el albeldo lunar
ni Venus en una mañana de verano.