Gran Hotel Azul


Recuerdo muy vivamente la primera vez que mi padre me llevó al zoológico. Lo que más me impresionó fue un falso esqueleto de ballena azul que había en la entrada del mismo. Aquello en los ojos y la imaginación de un niño de poco más de cinco años era una bomba de relojería; una escena en la memoria para el resto de su vida. Recuerdo también que en el acuario del zoológico, según me habían prometido, había una ballena. Una orca. Por supuesto toda una decepción después de haber estado debajo la sombra de un falso fantasma de un rorcual azul de más de veinte metros. La orca se posó delante de mí enfrente del cristal y se detuvo, fíjando su negrísimo ojo en mi mirada. Una mirada vaga y cansada que inútilmente le intentó transmitir algún secreto ancestral a un niño, niño al cual le dió la impresión, la muy viva impresión de que lo más probable es que aquella ballena no fuera de carne y hueso, sino de plastilina. Me dió la impresión de que definitivamente aquella ballena estaba hecha con la misma plastilina que usábamos en el colegio. A mis ojos y mi mente blanda e infantil se le ocurrió que el falso esqueleto de ballena azul era más real que aquella relativamente diminuta ballena de plastilina y de mirada oscura y cansada.

Supongo que la contemplación de este recuero tuvo algo que ver con el hecho de que en el momento en que emergió me encontraba inmerso en una bañera. Un baño caliente tras un duro día de trabajo. No suelo dejarme disfrutar de baños calientes, pero en los hoteles suelo tomarme ese lujo. Sumergido en el agua se oían todo tipo de rumores y ruídos metálicos, seguramente provinientes de las cañerías, del resto de habitaciones; formando un entrañado de disonancias difíciles de imaginar en un sitio abandonado y poco concurrido como ese, ecos recóndidos que llegaban de una lejanía imaginable.

En el momento en que me cansé de la calidez del agua y sentí que estaba empezando a dejar de relajarme para conseguir más bien lo contrario descorché la bañera. Descorchar una bañera puede ser una operación bastante complicada en hoteles de mala muerte o mejor dicho de mala vida como aquél en el que me encontraba. Normalmente estos hoteles no tienen la diminuta cadenilla metálica que sujeta la bañera en sí con el tapón y no es hasta que intentas destapar el desague cuando entiendes lo que la presión del agua nos hace en los oídos: unos cuantos quilos de agua aprietan el tapón y si no te rompes una uña es bastante difícil sacarlo del agujero. Lo conseguí poniendo en riesgo la integridad de mi peine.

Mientras el agua se iba vaciando me tumbé de nuevo en la bañera. Si el baño en el que estás es suficientemente cálido sentir como se vacía el agua y como partes de tu cuerpo van quedando descubiertas como una playa llena de moluscos cuando baja la marea es una sensación relajante y más bien agradable. Llega además el momento en que el pene de uno va quedando al descubierto, flotando gira ligeramente alrededor de si mismo y se va posando tímidamente en el abdomen, flácido, carente de vida y orgánico se parece a una ballena muerta que al bajar la marea de la playa llena de moluscos se queda varada, posada en la arena entre enjambres de algas secas.

Pronto llegarán decenas, quizá centenares de curiosos para ver a la verga varada carente de cualquier orgullo, algunos la pisarán, otros le echarán fotos o se echarán fotos con ella y quizá otros intentarán devolverla a las profundidades de un mar que a estas alturas prácticamente se ha secado. Alguno incluso pensará que la mejor forma de deshacerse de ella es volarla por los aires con un poco de dinamita. Al menos, eso fue lo que pensaron en los setenta los ciudadanos de un pueblo de la costa este de los Estados Unidos.

Tumbado en una bañera seca, varado por completo, incapaz de mover un músculo, en un hotel de mala vida y buena muerte entrarón forzando la puerta un grupo de marineros agitados con paquetes de dinamita, registraron toda la habitación en busca de aceite de ballena, rajaron la cama con un arpón, rompieron el contenido del mueble bar, lanzaron la televisión por la ventana. Dejaron sus pisadas mojadas por toda la moqueta y su olor a pescado tras de sí. Me cogieron por la fuerza, me ataron a la cama y me envolvieron con dinamita. Rompieron los cristales de las ventanas, salieron por el porche y tomando las distancias suficientes para no lastimarse, detonaron todos y cada uno de los paquetes de dinamita.

Durante unos minutos cundió el pánico en ese pequeño pueblo de norteamárica, muchos ciudadanos ignorantes del gran evento que sacudía la ciudad vieron incrédulos como gigantescos trozos de carne, hueso y grasa destrozaban sus coches y sus tejados. Algunos incluso resultaron heridos y durante unos instantes una inmensa nube de polvo y sangre cubrió la playa y parte del pueblo, un estruendo gigantesco precedido de una lluvia de miles de trozos de entrañas entre los cuales seguramente estaría el pene de uno al descubierto, flotando girado ligeramente alrededor de si mismo y se posado tímidamente en el abdomen, flácido, carente de vida y orgánico parecido a una ballena muerta que al bajar la marea de una playa llena de moluscos se queda varada, posada en la arena entre enjambres de algas secas.

El Gato Triste y Azul


Oscuridad completa. Oscuridad silenciosa y fría. Oscuridad que pesa y que presiona cada pliegue de mi piel y de mi ropa ¿como he llegado hasta aquí?

Hace menos de cuatro días me monté en un avión y llegué aun aeropuerto cruzando el mar y viendo como plateadas las aguas se extendían hacia el sol poniente. Sin más sutilezas, Irlanda. Seguramente sea el producto de no haber pasado nunca largo tiempo en una isla pequeña. Pequeña en relación a un continente supongo, si pudiera establecer una relación lineal podría sentirme en la piel de un Rapa-Nui, e inevitablemente sentir como se sentía esa gente, y seguramente lo conseguiría con mucha más fidelidad que aquellas exposiciones descafeinadas. Ya sabes, si quieres saber como se concebía la existencia en la Isla de Pascua, olvídate de exposiciones, libros y documentales: vive un tiempo en una isla, aunque sea la tercera más grande de Europa.

Escrutando vía autopista y carretera dura la isla me he encontrado con atardeceres imposibles, con paisajes y personajes de sueño dignos del fín del mundo. No cabe en este pequeño memorando la descripción de todos aquellos, y de todo aquello que da unos días y un recuerdo bien construido. Cruzando desde Dublín la isla se llega a las áridas y continuamente castigadas tierras del Burren. Unas tierras áridas y pedregosas, dibujadas por el continuo azote del viento y del oceáno. Tierras que antaño fueron fértil pasto de pueblos transhumantes tocados por la bendición de los celtas, dónde se levantan aún misteriosos dólmenes. Llegas al pie de un gran monte de piedra caliza y como si se tratara de los escombros de la construcción de la más alta de las torres o la más colosal de las estatuas te encuentras con un cartel que sugiere una interesante visita turística, lo consultas en tu guía. Parece ser una interesante visita turística. Te desvías, aparcas, sales del coche y te embarcas.

Una entrada a través de la tienda del sitio, por el mismo sitio saldremos, imagino. Dependientas simpáticas vestidas de verde con camisas a rayas, un torno metálico previo pago de una entrada moderadamente turística y nos vamos hacia lo desconocido.

“Formen una cola, síguenla por favor”, “Deténganse cuando les indique”, “Escuchen mi explicación”, “Cuidado con sus cabezas”, “¿Escuchan el rumor del salto de agua?”, “¿Sienten el olor de las aguas subterráneas?”, “estalactitas”, “estalagmitas”. De momento como en la Cueva de Platón, hay sombras. Sé de dónde vengo pero soy un turista, así que si alguna vez mi visita tuvo algún sentido, garantizo que en este momento se me ha olvidado. Estoy rodeado de americanos con sobrepeso, parejas distraídas, prometidos sin promesas, suerte la nuestra que no hay ningún niño mimado. Nos detenemos así que,

oscuridad completa. Oscuridad silenciosa y fría. Oscuridad que pesa y que presiona cada pliegue de mi piel y de mi ropa. Así he llegado hasta aquí.

¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo y a miles de quilómetros de su hogar?

Yo no sabría decir con certeza si esto ha ocurrido realmente, pero si así fuere, le diría que el amor es como un Gato Triste y Azul, aparece en un lugar frío, remoto, inesperado, realmente mágico y con un leve gesto te pide que dejes al grupo, que le sigas que bajes con él hasta profundidades que crecen y crecen y que nunca sabrás lo que fueron y lo que serán. Cierto es que en ese momento oscuro en la cueva, una mano se sujetaba a la mía y gracias a ella todas las preguntas que he formulado anteriormente dejan de tener sentido alguno. Más bien dan igual. En cualquier caso, el Gato Triste y Azul seguiría apareciéndo y habría que ver qué haríamos con esa mano que llevamos pegada a la nuestra. Porqué ya lo saben: el Gato Triste y Azul nunca se olvida...

Gracias a Kafka

Subiendo las escaleras me encontré con una cucaracha. Estaba confinada en un espacio rectangular de menos de veinte centímetros de ancho y treinta de largo: un peldaño. Pasé rápidamente lamentándome de los motivos que habían llevado a esa cucaracha a estar allí, motivos que probablemente estaban estrechamente relacionados con la higiene del lugar. Más lamentable resulta si ese lugar son las escaleras que suben a tu hogar. La verdad es que ante mi sorpresa ignoré la presencia del insecto y seguí mi camino escaleras arriba.

Unas horas más tardé me encontré de nuevo subiendo las mismas escaleras y me encontré de nuevo a la cucaracha confinada en ese pequeño espacio. Al haber pasado unas horas mi curiosidad se incrementó y me detuve. La pobre cucaracha no esperaba mi reacción así que ésta se puso nerviosa torpemente; se movía errante de un lado al otro del peldaño. Pero la pobre estaba tristemente confinada: incapaz de bajar un peldaño, incapaz de escalar otro. A nuestros ojos, un abismo infranqueable y un castillo inexpugnable respectivamente. De nuevo negando por segunda vez en el día mi naturaleza ignoré a la cucaracha y decidí dejar que siguiera viviendo su vida de cucaracha, puesto que en este caso el destino más probable de la cucaracha al cruzarse con cualquier otra persona del vecindario hubiera sido la de muerte por aplastamiento y esparcimiento masivo de sus vísceras.

Pero gracias a Kafka la cucaracha confinada ese día se mantuvo con vida. Gracias a la toma de conciencia que resulta suponer que en un mundo dónde las palabras fueran más pesadas esa cucaracha podría encerrar el cuerpo de una persona olvidada por su família y por sus amigos alguién que porqué no, hubiera intentado sumergirse en un mar de sí mismo y en las profunidades de un abismo insondable hubiera quedado preso de su escafandra.

Los Peligros del Amor


Cada vez que te miro veo en tu mirada, en tu mirar, una parte. Una mitad. Una porción. Que brilla. Veo en tus ojos un fulgor, un dulce fuego fatuo. Una luz. Una radiación. Que me mira. Que se dirige directa hacia mi corazón. Hacia mi pecho. Hacia un lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que estoy cera de ti, siento entre tu y yo un campo invisible, magnética o gravitatoriamente activo, aunque eso no lo sé, podría ser la propia química de la atracción, la física de la sugestión la alquimia del platonismo. En cualquier caso se crea un campo de Amor concentrado, expectante que me arrastra hacia un lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que te hablo, siento entre mis pensamientos y el hilo de mi voz una censura que me impiden decirte cuánto he esperado este momento cuánto lo he evocado y cuán poco tiempo he tenido para practicarlo. Vibra el campo alquímico entre tú y yo y llegan a tus oídos mis mensajes subliminales de que te necesito, quiero, siento y otros quehaceres muy comúnmente ocultos por las conveniencias del lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que te rozo, siento como todos mis poros se cierran, en un intento instintivo y de lo más natural de capturar a nivel microscópio el micro amor que al no esconderse en tus intenciones podría encontrarse en la esencia propia del aire que rodeas. Es entonces como de alguna forma me doy cuenta de que en lo más mío que existe en este mundo, existe el riesgo potencial de que allí estés tu y el amor que peligrosamente siento por ti.


CANCIÓN: Sinceramente Por Tí



Me ha costado decidirme en colgar esto y emprender esta iniciativa de cara a una nueva temporada. Hace un poco más de un año empecé con los PODCAST y ahora voy un poco más allá. He hecho algo que hacía tiempo que tenía en mente y me he decidido finalmente a publicarlo.

Adaptar un texto de Alter Ego y vestirlo con música, aunque en este caso no sea mía, es algo que siempre he querido hacer. Dream Theater lanzó una edición limitada de "Black Clouds & Silver Linings" en la que venía un disco con las versiones instrumentales de las canciones. Desde que lo escuché pensé que tenía que hacer algo así con "The Count of Tuscany" una canción sublime de casi veinte minutos. En este caso me he apropiado de la parte final del corte y le he puesto letra utilizando el texto "Sinceramente por tí" recientemente publicado.

No tengo ni idea de si seguiré haciendo cosas de este tipo como complemento del PODCAST de Alter Ego, pero si el cuerpo me lo pide, las haré y las colgaré. Espero que les guste tanto como a mi me ha gustado hacerlo.

Sinceramente por Tí

Lo que sigue es una versión editada de la entrada Púrpura Profundo, el texto ha sido adaptado para hacer la letra para una canción. Con esto se estrena la etiqueta "lírica" y se hace un avance de una nueva sección para septiembre.

Después de tanto tiempo
A veces pienso en tí
A veces son un par
de acordes de otro mundo
A veces es un gesto.
A veces el olor de una flor.

Algún ínfime detalle
de una noche de verano,
de ese maravilloso año.

A veces pienso cuánto
y cuán duro lo he intentado.
buscarte en otra carne;
de tí no me he olvidado.
Ya no vale de nada.
Fuiste una referencia
a partir de la cual
lo he medido todo:

el tamaño de unos ojos.
El perfil de unos labios.
La longitud de los dedos.
El color de las almas.
El tiempo necsario
para construir el olvido.
el ritmo de la respiración
tocada por amor.
La forma de medir
el Amor Mayúsculo:

Uno de tí.
Dos como tú.
Hasta cuatro para ella.
No llega a seis de sí.
Me descuento pues me faltan
números para contar lo que siento
del uno hasta el mil
Sinceramente por tí.

El Incidente


Yo no lo sabía pero una hoja seca se precipitaba hacia el suelo. Claro que precipitarse no era precisamente lo que hacía, suspendida en el aire balanceándose debía tener tiempo para pensar que mientras estuviera cayendo y no tocara el suelo, ningún problema.

Un ruido seco, seguido de un abrasivo arrastre sobre el asfalto. Algo así com “crash, hrrrrr”. Me giro y veo una hoja caída arrastrándose. No lo había notado en la temperatura, ni en la prisa con la que los días se acortaban, ni en el sudor en mi mejilla, ni por la fecha: una tarde de un día tardío de Agosto, pero la hoja me lo había dicho alto y claro “crash, hrrrrr”: se acabó el verano, amigo mío.

Por un momento la hoja atravesó una fría pared de un espesor enésimo. Cambió de plano, como si atravessara un mar de una infinitud intemporal y pudo decirme que se acabó el verano, amigo mío.

Estaba esperando un autobús y en ese lapso de tiempo ocurrió que el autobús pasó de largo. Fácilmente me tocaba esperar veinte minutos así que resiguiendo con mi mirada a la hoja seca empecé a andar. Mientras andaba pasé por un parque. No era un parque de los que vale la pena hablar. Más bien era un antiparque, un parque con más tierra que césped, con más jovenes que niños, con más tensión que felicidad. En el parque me encontré con una bicicleta azul marino destrozada. Descuartizada sería la palabra; estaba en el suelo en tal posición que parecía una cría de elefante africano esquelética que extraviada, había muerto. Probablemente de sed. Esa imagen proyectó en mi mente un vivo recuerdo.

El recuerdo de un documental que ví tiempo ha, cuando era niño. En él una cría de ballena austral era atacada por unos tiburones mientras migraba con su madre. La madre no podía hacer nada y era testigo de la violencia de los tiburones. Luego resultaba ser que los tiburones no probaban bocado del ballenato muerto y este se hundía en las profundidades submarinas. La cámara del documental seguía al cadáver hasta el fondo del oceáno en el que poco a poco se reunían centenares de criaturas marinas fantásticas, gusanos de formas increíbles, peces dignos de pesadilla y con el tiempo deboravan el cuerpo inerme y frío del ballenato. Era una imagen desagradable. En ese momento pensé como era posible que los que habían grabado el documental permitieran tal injustícia, y en ese momento como si algo hubiera atravesado esa fina pared, entendí el contenido del capítulo Ley de la Naturaleza de un libro infinito.

Ese mismo día sumido en mis pensamientos no me preocupé de esperar la caída de ninguna otra hoja y no esperé la llegada de ningún otro autobús, llegué a casa exhausto y sin fuerzas de hacerme algo de cenar me senté en el sofá, encendí la televisión y ví una grabación en la que una ballena austral saltaba del agua y se precipitaba encima de un velero partiendo en dos a su mástil. Por lo visto había ocurrido en alguna costa del Pacífico. Seguramente en ese momento pero en algún otro plano, alguién debería estar contándome algún secreto muy bien guardado a gritos.


La Caída del Péndulo


Cuánto importa en esta vida pasa por casualidad. No es fácil alejar ese presentimiento, esa certeza, esa fatalidad de mi cabeza. No es fácil cuando un día de repente por un accidente cuyas mayores características son la aleatoriedad y la eventualidad tiene lugar.

A finales del primer verano de la segunda década de este siglo ocurrió el “accidente de la mina San Esteban”. Por casualidad a más de trescientros metros de profundidad una minúscula piedra se delizó de su soporte y cayo en el suelo unos metros más abajo, una pequeña perturbación que pudo causar un derrumbe que dejaría atrapados durante más de cien días una treinta de mineros a setencientos metros de profundidad. Lo ví en el telediario mientras cenaba, inmerso en mis preocupaciones artificiales. Por algún extraño motivo sentí una profunda turbación, en algún lugar de mis entrañas algo no encajaba después de ver esas imágenes. Me levanté, salí a la terraza y encendí un cigarrillo.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo en mí mente fue la visita que hice de pequeño a un museo de la ciencia. En su entrada colgaba un inmenso péndulo de Foucault. Mientras el resto de mis compañeros de clase se dirigía a la entrada del museo yo me quedé plantado viendo como el péndulo se acercaba, se alejaba. No entendí muy bien el porqué necesitaba un espacio circular tan grande si lo único qué hacía era venir hacia mí y alejarse de mí. Durante mucho tiempo, después de la visita en el museo cuando la vida me daba un golpe yo recordaba a ese niño frente al péndulo. El péndulo acercándose, alejándose. La vida es como la caída de un péndulo. Al principio las oscilaciones son ámplías, impetuosas, amenazantes. Entonces con el paso del tiempo algo imperceptible y a primera vista incomprensible va deteniendo poco a poco el paso pendular. De la misma forma la vida emana caídas y subidas cuya amplitud se extingue con el paso del tiempo hasta apagarse por completo y convertirse en una bola de pesado metal sostenida en equilibrio inerte, en el aire.

Sentado en la terraza, fumando y fijando la vista en un punto indeterminado del cielo al azul más oscuro del final del crepúsculo la imágen del niño y el péndulo volvió a proyectarse en mi mente. Momento en el que casualmente apareció ante mí un punto brillante en el cielo. El punto, de un brillo artificial se movía de forma perfecta en la bòveda celeste. Como si fuera un tren sídero sobre la vía láctea. Lo seguí con mi mirada hasta que en el horizonte de edificios opuesto del que había amanecido, se apagó. La intuición me dijo que se trataba de la Estación Espacial Internacional, el mayor satélite artificial jamás puesto en órbita por el hombre, cuya construcción debía terminar poco antes que los mineros pudieran salir de ese pozo de veinte metros en el que estaban confinados a setecientos metros bajo tierra. La Estación Espacial, está habitada por seis astronatutas y orbita a una altura de más de trescientos quilómetros por encima de nuestras cabezas.

Y entonces el péndulo empezó a oscilar, y al pendular de un lado al otro, la bola de metal cortando el aire y produjo un silbido:

Durante un periodo de unos tres meses los astronautas que allí suben, ven amanecer quince veces al día.

Durante un periodo de tres meses los mineros que allí quedaron atrapados no vieron la luz del día.

Los astronautas de la estación espacial están confinados en un pequeño espacio, al que llegaron de la forma más costosa y calculada posible, en una nave que lleva al hombre a las estrellas. No hay hombre más allá de esos hombres. Los astronautas están en la cima de la humanidad y haber llegado allí es el mayor logro de sus vidas. La razón de su propia existencia y el sueño de muchos otros, la suma de una gran cantidad de esfuerzos y reducido a su esencia la más dichosa cadena de casualidades que el hombre puede dar de sí.

Los mineros de San Esteban están confinados en un pequeño espacio, al que llegaron de la forma más catastrófica y desafortunada posible, a través de un pozo que lleva al hombre a las profundidades. No hay hombre más hundido que esos hombres. Los mineros están en las profundidades de lo humano y haber llegado allí es la mayor desgracia de sus vidas. La razón de su locura de su desesperación y su dolor y del dolor de muchos otros, la suma de una gran cantidad de desgracias y reducio a su esencia la más terrible cadena de casualidades que el hombre puede dar de sí.

El péndulo se detuvo y dejó de cortar al aire. Se consumió todo el cigarrillo abandonado en el cenicero. Y entonces, no sé en qué orden: no sé si primero me levanté o primero lo pensé. En cualquier caso comprendí.

Había algo fatal en mi vida que debía cambiar de inmediato.

La Rosa del Desierto


“Eres como una rosa del desierto”. Y era verdad. En aquella época tan difícil. En aquellos últimos días grises de verano. Si ella no hubiera estado allí. Si no hubiera estado a mi lado. Yo no sé que hubiera sido de mi sin ella.

Las rosas del desierto no son rosas normales, son sedimentos, formaciones terrosas hechas con paciencia y cariño por la aridad y la crudeza del desierto. Cristales que se pliegan en un centro y que inevitablemente nos evocan la belleza de una rosa. Me imagino sólo cruzando un desierto, arrastrando mi cuerpo entre las dunas, con un cielo azul y un sol de justicia, recubierto por una túnica blanca. Me imagino hundiéndome en la arena, tropezándome y saliendo despedido duna abajo. Me imagino cayéndome de bruces en la arena, tragándomela, hundiendo mi cabeza en ella. Me imagino sentir el tiempo perdido entre los días incontables fluyendo entre las pocas gotas que quedarían en mi cantimplora. Me imagino desesperándome. Perdiendo la razón. Delirando grandeza y oasis, me imagino sintiéndome incapaz de levantarme. Me imagino vencido por un camino que he escogido en la mitad del desierto. Y me imagino que en el último momento, exhalando los últimos halitos de vida, el viento descubre ante mis ojos lo más bello que habría visto en meses: una rosa del desierto.

Fue precisamente eso lo que sucedió así que “Eres como una rosa del desierto” le dije. Y le expliqué que no se trataba de una rosa cualquiera. Ella nunca había visto ninguna así que le expliqué lo que era y le dije que en cuánto pudiera le regalaría una.

Fue precisamente eso lo que sucedió. Podía sentir perfectamente como mi corazón batía con un compás más claro, con más firmeza, cuando ella estaba cerca. Y cada vez estaba más cerca. Y cada vez mi corazón latía con más fuerza. Pero el tiempo cambió los rostros, las peronas y los últimos días de un verano dorado fueron los últimos e increibles grises. Sin que hubiera tiempo de que encontráramos nuestro destino, el tiempo nos alcanzó.

Una mañana de otoño paseaba por el Rastro de Madrid, allí siempre distingues a alguien entre la marabunta de cabezas que se concentra. Siempre las mismas tiendas pero nunca las mismas personas. La corriente suele arrastrarte y es difícil entrometerte en sus callejones empinados. Pero si lo consigues puede que incluso llegues a encontrar esa tienda en la que exhiben y venden piedras y minerales. Así fue como encontré a las rosas del desierto. Busque una que se adecuara a su belleza y la compré.

A veces durante las noches en las que estoy perdido y solitario y aunque no necesariamente tenga que tener sed, abro el tercer cajón y contemplo a la rosa aún envuelta impaciente por ser enviada a un destinatario que se me aparece aún sedimentada formando bellos y perfectos cristales rojos y sin espinas en aquél remoto lugar durante esos últimos e increíbles días grises de verano.


Punto brillante en cielo de noche de verano




No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. Y menos podré dormir cuánto más quiera dormir. Lo normal sería atribuirlo al calor y así lo hago. Resignado me levanto y me siento en la terraza. A mi suele parecerme que no puedo estar ni un sólo momento sin hacer nada. Enciendo un cigarrillo. Pero en la oscuridad no puedo distinguir el humo. En la oscuridad la nicotina sólo me mata y fumar deja de tener belleza alguna. Me convierto en una especie de faro en las alturas de un cuarto piso cualquiera en Madrid. En un Mar de tejados irregulares como si de un mar aviolentado se tratara, una ténue y rojiza luz se enciende intermitentemente en un punto. Ese soy yo, una referencia ténue y pérdida en un mar encrespado. Una referencia sin coordenadas. Una referencia para los perdidos. Creo que no puedo dormir porqué no tengo una dirección por la que conducir mi vida. Un hilo del que tirar de mis sueños.

Y entonces ocurre.

Aparece un punto de luz, brillante, en el cielo. Aparece entre los tejados de los edificios. Se mueve rápido, sin párpadeos: no es un avión. No es una estrella, ni un planeta. Es un trozo de metal. Un satélite que como la Luna, refleja la luz del sol y se mueve como el mecanismo de un reloj, recorriendo un raíl a todas vistas invisible en la bóveda celeste. No hay nada en este mundo con una dirección más específica. Más determinada. No existe senda tan perfecta como la del satélite. El satélite orbita. El satélite da vueltas de forma indefinida alrededor de nuestro planeta. No hay nada humano con más dirección, más sentido. No hay nada humano más sólo. Más frío. Un trozo de metal sin aire a más de cien quilómetros por encima de mi cabeza.

Envuelto en la noche no deja de ser increíble que a pesar de aceptar las leyes que mueven al satélite y las razones que le llevan a estar tan arriba. Él brille en la más profunda de las oscuridades y yo con mi cigarro brillemos en esta oscuridad menos negra pero no por ella menos tenebrosa.

Tenemos muchas cosas en común. El Vacío. El suyo el vació físico. Contenido dentro de él tiene un retahilo de aire que le permite funcionar. El mío el vacío espiritual. El Silencio. El suyo un silencio natural, necesario, ambiental. El mío un silencio ruidoso de oídos para fuera, mudo de oídos para dentro.

Y de entre todas las cosas que nos distinguen me quedo con una sola. Estoy seguro que en su tránsito por encima de mí cabeza si mi vista llegara a ver lo que se refleja sobre su superfície metálica me encontraria con otra mirada.