Suena el crepitar de una piedras y arena bajo las ruedas de un coche que aparca, se abre una puerta con su familiar sonido y aparece un pie que con firmeza pisa el suelo, aparece un segundo, se hacen a un lado, y se cierra la puerta, con su particular sonido.
En un barrido horizontal vemos dos rostros. Uno de ellos es masculino y fija su mirada en un punto y tiene la boca entreabierta, una expresión de sorpresa se mezcla con la gravedad de un ceño fruncido. El otro, a la derecha de la panorámica, es femenino y sobre unos labios cerrados hay unas gafas de sol, que al fijarse nuestra vista en ellas son retiradas por una mano suave, dejando tras de sí un gesto grave (también).
El plano se situa en la espalda de las dos figuras que acaban de descender de un coche alquilado y frente a ellas se extiende un particular paisaje. La luz ivernal de la tarde, naranjosa bruñe toda el terreno en su extensión y proporciona un tono rosáceo a un cielio extrañamente azulado. A la derecha y mediante una suave pendiente se yerguen tres colinas sin apenas vegetación alguna, el terreno es rocoso, con motas de hierba seca aqui y allá. Algunos postes de tendido eléctrico de madera se reparten aleatoriamente por la escena así como cercados de piedra y caminos rurales. A la izquierda discurre una carretera y se perfilan también montes pero de menor interés. Sabemos que más allá de estos se encuentra el oceano. Un oceano que no vemos desde el ancho valle en el que estamos.
De varias decenas de puntos en los montes a la derecha de la panorámica se levantan humaredas arrastradas hacia la izquierda por un suave viento septentional. El aire huele a vegetación carbonizada.
“Con esta luz y en esta tarde, parece que estemos en el fín del mundo”, dice el rostro masculino con su mirada fija (aún) en un punto (en el mismo) y con la boca entreabierta, (después de articular las palabras) y el ceño fruncido.
El fín del mundo.
El fín del mundo es una isla. El fín del mundo es estar en la punta de una isla de un mar infinito y un horizonte de más de ciento ochenta grados. La gente que vive en el fín del mundo tiene una mirada pálida y húmeda que refleja el fín del mundo. La gente que vive en el fín del mundo y tiene esa mirada hacen fuegos en las colinas que están cerca de esa punta de más de ciento ochenta grados. Los fuegos del fín del mundo son arrastrados por suaves vientos septentrionales y huelen a vegetación carbonizada y cubren todo el cielo con esa luz y en esas tardes que hacen que parezca que están en el fín del mundo. El fín del mundo es contemplado por dos rostros graves y el fín del mundo son colinas que arden y arden mientras islas de ciento ochenta grados se hunden en un oceano de un mar infinito y aire carbonizado, ceño fruncido, tendido eléctrico, madera extrañamente azulada, derecha, monte, luz rocosa, también que crepita un tono invernal de motas erguidas.
Se abre una puerta con un familiar sonido y aparecen dos piés pisando con firmeza el suelo, uno desaparece y le precede el otro. Se cierta una puerta. Al encendido de un coche le sigue crepitar de unas piedras y arena bajo las ruedas de un coche que se aleja.
Mostrando entradas con la etiqueta Descripciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Descripciones. Mostrar todas las entradas
El Gato Triste y Azul

Oscuridad completa. Oscuridad silenciosa y fría. Oscuridad que pesa y que presiona cada pliegue de mi piel y de mi ropa ¿como he llegado hasta aquí?
Hace menos de cuatro días me monté en un avión y llegué aun aeropuerto cruzando el mar y viendo como plateadas las aguas se extendían hacia el sol poniente. Sin más sutilezas, Irlanda. Seguramente sea el producto de no haber pasado nunca largo tiempo en una isla pequeña. Pequeña en relación a un continente supongo, si pudiera establecer una relación lineal podría sentirme en la piel de un Rapa-Nui, e inevitablemente sentir como se sentía esa gente, y seguramente lo conseguiría con mucha más fidelidad que aquellas exposiciones descafeinadas. Ya sabes, si quieres saber como se concebía la existencia en la Isla de Pascua, olvídate de exposiciones, libros y documentales: vive un tiempo en una isla, aunque sea la tercera más grande de Europa.
Escrutando vía autopista y carretera dura la isla me he encontrado con atardeceres imposibles, con paisajes y personajes de sueño dignos del fín del mundo. No cabe en este pequeño memorando la descripción de todos aquellos, y de todo aquello que da unos días y un recuerdo bien construido. Cruzando desde Dublín la isla se llega a las áridas y continuamente castigadas tierras del Burren. Unas tierras áridas y pedregosas, dibujadas por el continuo azote del viento y del oceáno. Tierras que antaño fueron fértil pasto de pueblos transhumantes tocados por la bendición de los celtas, dónde se levantan aún misteriosos dólmenes. Llegas al pie de un gran monte de piedra caliza y como si se tratara de los escombros de la construcción de la más alta de las torres o la más colosal de las estatuas te encuentras con un cartel que sugiere una interesante visita turística, lo consultas en tu guía. Parece ser una interesante visita turística. Te desvías, aparcas, sales del coche y te embarcas.
Una entrada a través de la tienda del sitio, por el mismo sitio saldremos, imagino. Dependientas simpáticas vestidas de verde con camisas a rayas, un torno metálico previo pago de una entrada moderadamente turística y nos vamos hacia lo desconocido.
“Formen una cola, síguenla por favor”, “Deténganse cuando les indique”, “Escuchen mi explicación”, “Cuidado con sus cabezas”, “¿Escuchan el rumor del salto de agua?”, “¿Sienten el olor de las aguas subterráneas?”, “estalactitas”, “estalagmitas”. De momento como en la Cueva de Platón, hay sombras. Sé de dónde vengo pero soy un turista, así que si alguna vez mi visita tuvo algún sentido, garantizo que en este momento se me ha olvidado. Estoy rodeado de americanos con sobrepeso, parejas distraídas, prometidos sin promesas, suerte la nuestra que no hay ningún niño mimado. Nos detenemos así que,
oscuridad completa. Oscuridad silenciosa y fría. Oscuridad que pesa y que presiona cada pliegue de mi piel y de mi ropa. Así he llegado hasta aquí.
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo y a miles de quilómetros de su hogar?
Yo no sabría decir con certeza si esto ha ocurrido realmente, pero si así fuere, le diría que el amor es como un Gato Triste y Azul, aparece en un lugar frío, remoto, inesperado, realmente mágico y con un leve gesto te pide que dejes al grupo, que le sigas que bajes con él hasta profundidades que crecen y crecen y que nunca sabrás lo que fueron y lo que serán. Cierto es que en ese momento oscuro en la cueva, una mano se sujetaba a la mía y gracias a ella todas las preguntas que he formulado anteriormente dejan de tener sentido alguno. Más bien dan igual. En cualquier caso, el Gato Triste y Azul seguiría apareciéndo y habría que ver qué haríamos con esa mano que llevamos pegada a la nuestra. Porqué ya lo saben: el Gato Triste y Azul nunca se olvida...
Hace menos de cuatro días me monté en un avión y llegué aun aeropuerto cruzando el mar y viendo como plateadas las aguas se extendían hacia el sol poniente. Sin más sutilezas, Irlanda. Seguramente sea el producto de no haber pasado nunca largo tiempo en una isla pequeña. Pequeña en relación a un continente supongo, si pudiera establecer una relación lineal podría sentirme en la piel de un Rapa-Nui, e inevitablemente sentir como se sentía esa gente, y seguramente lo conseguiría con mucha más fidelidad que aquellas exposiciones descafeinadas. Ya sabes, si quieres saber como se concebía la existencia en la Isla de Pascua, olvídate de exposiciones, libros y documentales: vive un tiempo en una isla, aunque sea la tercera más grande de Europa.
Escrutando vía autopista y carretera dura la isla me he encontrado con atardeceres imposibles, con paisajes y personajes de sueño dignos del fín del mundo. No cabe en este pequeño memorando la descripción de todos aquellos, y de todo aquello que da unos días y un recuerdo bien construido. Cruzando desde Dublín la isla se llega a las áridas y continuamente castigadas tierras del Burren. Unas tierras áridas y pedregosas, dibujadas por el continuo azote del viento y del oceáno. Tierras que antaño fueron fértil pasto de pueblos transhumantes tocados por la bendición de los celtas, dónde se levantan aún misteriosos dólmenes. Llegas al pie de un gran monte de piedra caliza y como si se tratara de los escombros de la construcción de la más alta de las torres o la más colosal de las estatuas te encuentras con un cartel que sugiere una interesante visita turística, lo consultas en tu guía. Parece ser una interesante visita turística. Te desvías, aparcas, sales del coche y te embarcas.
Una entrada a través de la tienda del sitio, por el mismo sitio saldremos, imagino. Dependientas simpáticas vestidas de verde con camisas a rayas, un torno metálico previo pago de una entrada moderadamente turística y nos vamos hacia lo desconocido.
“Formen una cola, síguenla por favor”, “Deténganse cuando les indique”, “Escuchen mi explicación”, “Cuidado con sus cabezas”, “¿Escuchan el rumor del salto de agua?”, “¿Sienten el olor de las aguas subterráneas?”, “estalactitas”, “estalagmitas”. De momento como en la Cueva de Platón, hay sombras. Sé de dónde vengo pero soy un turista, así que si alguna vez mi visita tuvo algún sentido, garantizo que en este momento se me ha olvidado. Estoy rodeado de americanos con sobrepeso, parejas distraídas, prometidos sin promesas, suerte la nuestra que no hay ningún niño mimado. Nos detenemos así que,
oscuridad completa. Oscuridad silenciosa y fría. Oscuridad que pesa y que presiona cada pliegue de mi piel y de mi ropa. Así he llegado hasta aquí.
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo?
¿Ha experimentado nunca la total ausencia de luz en un lugar cerrado a cientos de metros bajo el suelo y a miles de quilómetros de su hogar?
Yo no sabría decir con certeza si esto ha ocurrido realmente, pero si así fuere, le diría que el amor es como un Gato Triste y Azul, aparece en un lugar frío, remoto, inesperado, realmente mágico y con un leve gesto te pide que dejes al grupo, que le sigas que bajes con él hasta profundidades que crecen y crecen y que nunca sabrás lo que fueron y lo que serán. Cierto es que en ese momento oscuro en la cueva, una mano se sujetaba a la mía y gracias a ella todas las preguntas que he formulado anteriormente dejan de tener sentido alguno. Más bien dan igual. En cualquier caso, el Gato Triste y Azul seguiría apareciéndo y habría que ver qué haríamos con esa mano que llevamos pegada a la nuestra. Porqué ya lo saben: el Gato Triste y Azul nunca se olvida...
Gracias a Kafka

Subiendo las escaleras me encontré con una cucaracha. Estaba confinada en un espacio rectangular de menos de veinte centímetros de ancho y treinta de largo: un peldaño. Pasé rápidamente lamentándome de los motivos que habían llevado a esa cucaracha a estar allí, motivos que probablemente estaban estrechamente relacionados con la higiene del lugar. Más lamentable resulta si ese lugar son las escaleras que suben a tu hogar. La verdad es que ante mi sorpresa ignoré la presencia del insecto y seguí mi camino escaleras arriba.
Unas horas más tardé me encontré de nuevo subiendo las mismas escaleras y me encontré de nuevo a la cucaracha confinada en ese pequeño espacio. Al haber pasado unas horas mi curiosidad se incrementó y me detuve. La pobre cucaracha no esperaba mi reacción así que ésta se puso nerviosa torpemente; se movía errante de un lado al otro del peldaño. Pero la pobre estaba tristemente confinada: incapaz de bajar un peldaño, incapaz de escalar otro. A nuestros ojos, un abismo infranqueable y un castillo inexpugnable respectivamente. De nuevo negando por segunda vez en el día mi naturaleza ignoré a la cucaracha y decidí dejar que siguiera viviendo su vida de cucaracha, puesto que en este caso el destino más probable de la cucaracha al cruzarse con cualquier otra persona del vecindario hubiera sido la de muerte por aplastamiento y esparcimiento masivo de sus vísceras.
Pero gracias a Kafka la cucaracha confinada ese día se mantuvo con vida. Gracias a la toma de conciencia que resulta suponer que en un mundo dónde las palabras fueran más pesadas esa cucaracha podría encerrar el cuerpo de una persona olvidada por su família y por sus amigos alguién que porqué no, hubiera intentado sumergirse en un mar de sí mismo y en las profunidades de un abismo insondable hubiera quedado preso de su escafandra.
Pero gracias a Kafka la cucaracha confinada ese día se mantuvo con vida. Gracias a la toma de conciencia que resulta suponer que en un mundo dónde las palabras fueran más pesadas esa cucaracha podría encerrar el cuerpo de una persona olvidada por su família y por sus amigos alguién que porqué no, hubiera intentado sumergirse en un mar de sí mismo y en las profunidades de un abismo insondable hubiera quedado preso de su escafandra.
Punto brillante en cielo de noche de verano

No puedo dormir. No puedo dormir. No puedo dormir. Y menos podré dormir cuánto más quiera dormir. Lo normal sería atribuirlo al calor y así lo hago. Resignado me levanto y me siento en la terraza. A mi suele parecerme que no puedo estar ni un sólo momento sin hacer nada. Enciendo un cigarrillo. Pero en la oscuridad no puedo distinguir el humo. En la oscuridad la nicotina sólo me mata y fumar deja de tener belleza alguna. Me convierto en una especie de faro en las alturas de un cuarto piso cualquiera en Madrid. En un Mar de tejados irregulares como si de un mar aviolentado se tratara, una ténue y rojiza luz se enciende intermitentemente en un punto. Ese soy yo, una referencia ténue y pérdida en un mar encrespado. Una referencia sin coordenadas. Una referencia para los perdidos. Creo que no puedo dormir porqué no tengo una dirección por la que conducir mi vida. Un hilo del que tirar de mis sueños.
Y entonces ocurre.
Aparece un punto de luz, brillante, en el cielo. Aparece entre los tejados de los edificios. Se mueve rápido, sin párpadeos: no es un avión. No es una estrella, ni un planeta. Es un trozo de metal. Un satélite que como la Luna, refleja la luz del sol y se mueve como el mecanismo de un reloj, recorriendo un raíl a todas vistas invisible en la bóveda celeste. No hay nada en este mundo con una dirección más específica. Más determinada. No existe senda tan perfecta como la del satélite. El satélite orbita. El satélite da vueltas de forma indefinida alrededor de nuestro planeta. No hay nada humano con más dirección, más sentido. No hay nada humano más sólo. Más frío. Un trozo de metal sin aire a más de cien quilómetros por encima de mi cabeza.
Envuelto en la noche no deja de ser increíble que a pesar de aceptar las leyes que mueven al satélite y las razones que le llevan a estar tan arriba. Él brille en la más profunda de las oscuridades y yo con mi cigarro brillemos en esta oscuridad menos negra pero no por ella menos tenebrosa.
Tenemos muchas cosas en común. El Vacío. El suyo el vació físico. Contenido dentro de él tiene un retahilo de aire que le permite funcionar. El mío el vacío espiritual. El Silencio. El suyo un silencio natural, necesario, ambiental. El mío un silencio ruidoso de oídos para fuera, mudo de oídos para dentro.
Y de entre todas las cosas que nos distinguen me quedo con una sola. Estoy seguro que en su tránsito por encima de mí cabeza si mi vista llegara a ver lo que se refleja sobre su superfície metálica me encontraria con otra mirada.
Amor Eterno

Venimos con nada y nos vamos sin nada. No perdemos nada. Bien. Durante el camino, sin embargo, nos hablan de algo largo y de cosas con peso. Cosas largas y cosas con peso. Se me ocurre que algo largo es la inmortalidad, la vida eterna, li imperecedero, lo eterno. Resultando que al final eso mismo es mentira, nos dicen que cosas como el Sol y la Tierra lo son. Cosa no tan difícil de comprender según se mire: siempre han estado ahí, siempre lo estarán, sin ellos no somos nada. Son eternos necesariamente.
También nos dicen que algunos escritores, algunos músicos, algunos generales, algunos filósofos, son eternos. Eso es más difícil de creer: entra en juego una eternidad muerta, intangible. Platón está en mi mente, en la de todos, en la de nadie más. Por experiencia sé que no podré vivir en la mente de otro, aunque estos otros sean muchos.
Y luego me dijeron que el amor eterno existe.
Hay otra medida de lo eterno: lo que nos sobrevive. Lo que vivido en vida va más allá de nosotros. Incluso existe otra medida de lo eterno, llevado a su máxima deformación en esta disquisición de bajo coste: la lejanía de la muerte. La juventud nos sentimos de forma inevitable inmortales. Entonces ¿porqué no debería existir el amor eterno?
Porque no nos puede sobrevivir. Ah, y por supuesto y porque son dos palabras que naturalmente se repelen: amor, eterno. No pueden estar juntas, negativo y negativo o viceversa, no hay forma: cuestión de magnetismo, precisamente. Sin embargo hace un tiempo me encontré con un soporte muy apropiado para la verdadera existencia del amor eterno: una fotografía. En un retrato puede esconderse verdadero amor circunstancial en el lugar y en el tiempo. Y mientras el retrato, como contingente de ese lugar y ese tiempo persista, el amor que congeló, que robó, permanecerá. Cuatro marcos que enjaulan algo caliente y gelatinoso que en nuestras manos sólo podría escurrirse entre los dedos.
En la Orilla del Mar

Sentado en la orilla del mar recuerdo.
Siendo niño, el mar era de forma inevitable una gran metáfora de la soledad. Siempre iba a la playa con mis padres, de por sí formaban un indivisible y solitario grupo de dos. Al contrario que el resto de niños que se lanzaban arena encima y construían imposibles presas y ríos artificiales alrededor de las duchas, a mí me gustaba tumbarme encima de la orilla y dejarme llevar por el oleaje. Me gustaban las olas. Me encantaban las olas fuertes. Recuerdo muy vivas aquellas noches con la brisa del mar penetrando por mi ventana, cubierto por una sábana, sentir mi cuerpo oscilar al compás de unas olas imaginarias y sin embargo muy reales. Recuerdo una vez un niño algo mayor que yo, que intentó convencerme de que las olas venían de una tierra muy lejana dónde había unos templos con unos monjes que rezaban para dar ímpetu al mar y crear las olas. Yo le replicaba que las olas eran cosa del viento. Qué cosas.
Cuando me tumbaba en las olas imaginaba historias imposibles, en ellas mayoritariamente me ganaba el amor de alguna compañera de primaria por la que sentía algo que no se correspondía con un niño de mi edad. Como yo la salvaba, ella me quería incondicionalmente. Era así de sencillo. Y siendo el amor tan sencillo, el resto de la vida lo era aún más, si cabe.
Cuánto se han complicado las cosas, cuanto se han enredado. Si la vida fuera una plana sin duda sería una enredadera que poco a poco se ahoga a sí misma y finalmente se consume a sí misma. Ahora el mar, más que una gran metáfora de la, de mí, soledad, se ha convertido en una metáfora de lo inabarcable en la vida. Con las olas (rozándome los piés) llegan recuerdos y con las olas se van de nuevo.
Sentado en la orilla del mar contemplo el ocaso.
Formo parte de esa mitad del mundo que goza y a la que se le ensancha el espíritu al contemplar un fenómeno meramente astronómico-monótono-síncrono y repetitivo durante varias decenas de miles de millones de años. Qué le vamos a hacer. Contemplando el ocaso me doy cuenta de que en verdad, en otras orillas de otros mares está amaneciendo. Pienso en esa persona que estará contemplando esos amaneceres.
Ella y yo somos como dos Primeros Ministros de dos países enemigos en guerra que se comunican mediante un satélite astral y candente y que a pesar de bombardear las respectivas ciudades sienten una simpatía natural el uno por el otro. Él y yo compartimos además el silencioso murmullo de la espuma de las olas que trae consigo secretos batiscafísticos del fondo del mar. Ella y yo juntos comprendemos algo que solos no podríamos concebir; por suerte si de algo no moriremos será de caernos por el borde.
Al borde del paraíso

Así debe ser, así debería ser pensé mientras estaba sentado en la arena. Pero para estar sentado a la orilla del mar borde del paraíso, faltan aquellas personas a las que amo, a las que tanto tiempo llevo sin ver, hablar, tocar. Falta que aquellas estén aquí conmigo. Y así podríamos dirijirnos hacia allí.
Quién sabe, quizá algún día sentados en la orilla del mar con aquellos a los que queremos veamos como se alza la Luna y ésta nos enciende el mar, mientras las olas que van-y-vienen nos traen recuerdos, se llevan pensamientos.
Una Almohada de Nubes

Recordé muy bien que cuando era niño subía a un monte para ver mejor a los aviones. Para ver si era capaz de distinguir de dónde salía todo aquello; el metal, el ruido, el brillo, para ver si era capaz de distinguir como volar. Al scuchar el retrueno de esos motores siempre escrutaba con la mirada el cielo en busca de un destello duralumínico como si fuera un atento coleccionista de mariposas en busca de una nueva pieza para su colección. Cuando finalmente lo encontraba lo seguía con la mirada. Finalmente mis ojos no eran capaces de distinguirlo en la lejanía. Y como si desapareciera debajo las aguas, se devanecía en el infinito azul.
Para mí esos aviones no iban a ninguna parte. Su rumbo no me importaba. No era ni siquera consciente dello. Pasaban por encima de mi cabeza como si se tratara de un pájaro conocedor de algún secreto que sólo sería revelado al que le siguiera. Allí dentro, en las alturas no podía haber personas. Aquello destellaba como el joven diamante de los Pink Floyd en el cielo. Un diamante loco acosado por un rayo de sol. No contenía nada. Un diamante. Un pájaro. Un avión. Eso es lo que me importaba; no sus entrañas. Por aquél entonces, jamás había volado.
De todo eso no me acordé la primera vez que monté en avión. Ni la vigésima. Sino la única vez que tuve la fortuna de sobrevolar (y lo más importante darme cuenta de ello) ese mismo monte al que subía de niño. Al mirar por las ventanillas del avión vi el mundo de mi infancia, de mi pubertad, minutarizado, una imagen que bien podría ser producto de un mosaico de mi memoria. Un mapa de mi vida tomado desde lo alto de uno de esos aparatos en perfecta sincronía orbital. Aún así parecía una imagen de otro mundo. Me asomé por la ventanilla y desde mi posición me pareció oir una especie de chasquido, un “crac” como si la Tierra hubiera saltado de su eje. En ese preciso instante percibí, y no en sentido figurado, sinó como una sensación muy viva, latente: allí abajo, a nivel de tierra estaba yo de niño, contemplándome a mí mismo, como si el tiempo solo fuera un muro de piedra más y en ese momento con un sordo “crac” se hubiera desplomado y nos hubiera dejado al descubiertos, listos para enloquecer.
A mí mismo. Una sensación muy verdadera. Como si realmente estuviera ocurriendo. Claro que ese niño no podía verme, o viceversa. Él sólo veía a un alocado diamante brillante en el cielo y yo le contemplaba. Como cuando la única forma de verte reflejado es no mirándote al rostro. Como el avión avanzaba, me alejé de su vista, y sin un “clec” que hiciera que el mundo rotase de nuevo sobre su eje. A mi alrededor el resto del pasaje del avión estaba tan aburrido, aburrido con la nada o con algún libro como siempre. Tenía una chica joven sentada a mi lado en el asiento del pasillo. El del medio se había quedado vacío. Llevaba un vestido azul, muy ajustado, recuerdo como se le marcaban los pezones, de unos pechos pequeños, sutiles. Llevaba unas gafas más grandes que su rostro, y los labios pintados de un rojo demasiado rojizo. Me llamó la atención, y me dí cuenta lo inútil que hubiera sido intentarle explicar lo que había sentido, a pocos centímetros de la fría ventanilla del avión. Ella leía una revista ligera y vanal. Yo parecía un niño que monta por primera vez en avión. Aún así quise preguntarle sobre el “crac”. Pero luego recordé que sólo tenía que comprobar que el tiempo pasaba, mirádome el reloj. Garantía suficiente de que el mundo seguía girando y girando.
Recuerdo muy bien la primera vez que me monté en un avión. Me imaginaba que volar era más emocionante. Como una montaña rusa. Y me parecía que esa oscuridad que podía ver torciendo el cuello en la ventanilla mirando tan arriba como podía era el espacio, y que estaba al alcance de mi mano. Ahora que los cielos están cada vez más arriba, las nubes me siguen pareciendo como en aquella primera vez, una almohada. Una almohoada entre la que al volar por encima de ella, sueño despierto.
Mi Madrid Sabina
Hundo mis manos en mi cabeza, entre mis cabellos; casi-terciopelo; oscilo y oscilo, cuanto ha cambiado esta cabeza, quizán sean las manos que la sujetan; resulta imposible pensar en qué sucedió para que al recorrer las calles de Madrid, sólo con eso, con aquello, me sintiera completo. Claro está que son muchas cosas las que se han concentrado para que ese paso-tras-paso adquiriera un sentido cuasi místico; para que esa basura en el suelo no fuera más que otro mobiliario necesario de la ciudad; para que a los bares los quieran las calles; para que las farolas cieguen al vampiro. Pero és inútil. Cuántos habrán escrito sobre esto; sin duda menos de los que lo han sentido. ¿Cuántos lo han sentido escrito?
Qué más me da; escribas lo que escribas no hay nada que hacer; siempre habrá gente que lo haya escrito, siempre habrá quién sea mejor que tú; siempre habrá alguien mejor que tú que lo haya escrito. Alguien que lo haya vivido; alguien que lo haya sufrido y sentido, alguien que sepa de antemano de qué va la cosa.
Pero mientras tanto, nosotros a tientas; por las calles de Madrid.
Je ne regrette rien
No es justo, no es justo, cuándo todo parecía claro, qué gris, no es justo, no me alargues las sombras, París, no me alargues las sombras que si las ves es que hay luces, y no hay luces más luces que París, oh París, pero por ello tienes sombras, sombras de reflejo gris y de azotes enrojecidos que encienden tus cielos cenicientos de nubes arrancadas de las mentes más grises bajo el cielo gris, colores que no duran una vida, ideas que condensan más ligeras que el aire que las rodea, colores que se tornan en gris, grises que se evaporan, y llueve, sólo sé que nunca dejará de llover, en los corazones, en el motor del metro, de la lengua de hierro, aplastas esperanzas, arrollas viajantes, que no escapan, de esta telaraña de piedra.
Paris andar por tus calles me quema, me quema mis suelas de goma, goma que tu alquitrán chupa, chupa; mamona ciudad. Me callejeaste como ninguna otra, voltear tus esquinas es como acercarse demasiado a una espada afilada y no sangrar si nos pincha. París contemplar tus piedras fornidas de historia no es más que morder polvo de muertos. Pero así aún corro por tus calles mientras tu polvo me persigue, pero aún así me adiestraron tus alimañas. Porque París, con tus luces, no eres más que gris. Polvo de estrella en un vacío con acento circumflexo.
Y aún así, insufrible París, non, rien de rien, non, je ne regrette rien.
Palabras olvidadas, habitaciones prohibidas

De mis manos,dedos,yemas caen palabras de formas, pero residen en algún lugar entre el limbo y el linfático muchas otras formas sin palabras. Formas que se dibujan entre las sombras, de una habitación cerrada, en la que abro los ojos.
Repentina veo una ventana, al fondo, toda ella luz tenue,fatua,rectangular y recuerdo,proyecto,veo tantas habitaciones cerradas, tantas habitaciones en las que me encerré que en ésta por mucha puerta que cierre, jamás podré encerrarme en ella.
¿Dónde está mi casa con su habitación cerrada? ¿Dónde están mis llaves invisibles? Si desapareciera ese rectángulo crepuscular: no hay luz, oscuridad, sofocante oscuridad, profundo y ardiente dolor. Sólo el tintineo de unas llaves me puedes, sólo el tin-tineo de unas llaves te pueden, sólo el tin-ti-neo de unas llevas nos pueden. Encerrarme de nuevo en mí habitación antes de que...
mis palabras olvidadas, mis habitaciones prohibidas.
¿Sabían qué?

No en vano me mira amenazante el ojo de la noche; esta luna (casi llena) que entre tres nubes, es parpadeada por los cielos y por un instante encontrando su encuadre perfecto, cuál criatura infinita, curvada hacia los horizontes, me mira; un iris crateado, tirando a amarillo, por viejo y que también por sabio; y luego esa ventisca, húmeda, pero sin punzar (para punzar llega el invierno), y luego esa luz de farol, farolillo, farola, lo que sea, que cuál escena filmográfica, ilumina parte del camino, (para llegar llega el invierno).
Gozar de estos días que día a día se hacen cortos y lúgubrean más de la cuenta.
Ver cómo todo se marchita, como todo perece, no antes sin dejarnos el mejor pastel de tonos apagados, rojizos, anaranjados, grisáceos, ese mural que lenta y parsimoniosamente se irá tornando en gris. Porqué todo se torna en gris (para blancos y negros llega el invierno).
Y lo pregunto. Porqué todo se torna en gris. Crece la melancolía y el recuerdo de días mejores, lo exhala cada hoja de árbol de bosque. Nosotros lo inhalamos.
¿Porqué te fuiste cuándo pudiste ser mía?
¿Saben porqué? Porqué llegó el invierno.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)