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Infinitésimos

Recuerdo a la perfección el día que mi padre olvidó en su despacho una de aquellas lupas de bolsillo, del tamaño de un llavero, para ampliar un tejido o una fibra. Aquél día, sin aún saberlo, mi padre me cambió la vida.

Comprender que alrededor de tí y de mi hay un espacio infinito. 

Siempre me ha parecido que la estructura de los números Reales encierra en su conjunto una doble infinitud poética y que me arrastra -inevitablemente- a querer atravesar una pared cualquiera.

Supongo que en estos términos no hay mejor forma para comprender el mundo que cogiendo un trozo de tela cualquiera y verlo a través de una de esas lupas de bolsillo.

Entre el cero y el uno hay infinitos números, o lo que es lo mismo

Comprender que entre tú y yo hay un espacio infinito. 

entre el cero y el número más grande no sólo hay números sino que también están todas las direcciones y sentidos de esta vida.

Que todo está hecho de ceros y accidentalmente lo rellenamos con un orden aleatorio. Que algo a su vez es infinitamente pequeño, un infinitésimo; inifinitamente grande, un infinito. Que el tiempo y el espacio también juegan un papel derivado en este juego. Derivado de haberme encontrado contigo gracias a tu cierta posición en un determinado instante. Juntar todos éstos y aquellos conceptos y comprender que esos infinitos e infinitésimos se transforman en un baile imperceptible porque uno logra ver que las palabras cursivas se han logrado colar en otro espacio de este texto y en otro momento de tu lectura y que

estar contigo es
contraer el espacio y expandir el tiempo

Órbita 1973

En un día como otro cualquiera la NASA lanzará GRAIL, que nada tiene que ver con el grial (pues esa es la traducción del inglés) a no ser que pensemos que la luna es un cuerpo y que en su sangre se encuentra todo lo sublime licuado, sublimizado. GRAIL es una misión con dos naves espaciales cuasi-gemelas. Ambas estudiaran a fondo el campo gravitatorio de la Luna. En particular la humanidad -a través de una futura jerarquía de artículos científicos- conocerá cien veces mejor el campo gravitatorio de su cara clara -siempre me encuentro con problemas para encontrar un antónimo de oscura- y mil veces mejor el de su cara oscura.

A veces siento -porque es obligatoriamente un sentir- que el campo gravitatorio de la luna me atrae con más fuerza que el de la Tierra. Siento que en cualquier momento, en uno de sus particulares ascensos rectos en nuestra bóveda celeste -si se puede elegir que sea con luna llena-, montaré en raíles invisibles y me transferiré con máxima potencia a una orbita lunar, polar probablemente. Digo railes porque la única manera de asemejar el movimento de un cuerpo en el espacio es con el de un tren atravesando el horizonte. Confieso Luna que sin faltar a la verdad a veces te personifico y entonces montado en un autobús cualquiera de la Empresa Madrileña de Transportes te orbito a una distancia tal que en pericentro la tecnología de mi vista -tantos píxeles por espacio cuantificado- no me permite ver las huellas de un tal Amstrong en tu superfície selenítica. Las huellas de Amstrong y aquellas dos sondas y aquellas dos caras me hacen pensar en una dicotomía par ¿cuándo llego el hombre a la Luna?


  1. En Julio de 1969 cuando Neil Amstrong saltó del Beagle. 
  2. En Marzo de 1973 cuando Pink Floyd lanzó The Dark side of the Moon


Si GRAIL nos amplia 1000 veces el eco de ese vinilo la siguiente vez que esté en tu pericentro -sin duda se encuentra en la cara oculta de la Luna-, reconoceré en tu cuerpo todo el instinto de la humanidad, todas las locuras de la razón, todas las dudas de la verdad. Toda la amplitud de tu cuerpo resonante al estrellarse a la par esas dos sondas GRAIL, pues ese será su destino final, una mañana, tarde o noche -siempre dependerá de la longitud del punto desde que lo contemplemos- de enero de 2012. Estrellarse en tí y penetrar hasta dónde tus entrañas les revelen el contenido de tu núcleo, almacén de los secretos de tu atractivo gravitatorio, con la mala suerte que toda posibilidad de comunicación con Tierra habrá cesado y frías, silenciosas, rotas permanecerán como único producto de la humanidad conocedor de tales secretos. Hasta el día en que me levante de mi asiento en el autobús, tome el control, desafíe la mecánica celeste y te penetre.

Oda a la Luna

Sin que este texto deje de tener validez en tantos años, que sean los que sean, serán unos cuantos, puedo
decir
estamentar
sentenciar
que la gente cree saber que sólo doce personas han pisado la Luna. Sin que eso deje de ser cierto
amplio
extiendo
desparramo
el argumento y digo que doce personas han visto probablemente la estampa más
alta
sublime
imposible
que puede concebir la alquimia humana: el amanecer de la Tierra en otro mundo. Me atrevo a
decir
estamentar
sentenciar
que eso en cierto es una falsedad.
Yo en tus ojos he visto amanecer a toda la humanidad.
Yo en tu mirada he visto reflejado el deseo de todos los hombres.
Yo en tus ojos he visto

dos astros concéntricos,
dos núcleos oráculeos,
dos orbes infinitos
dentro de los cuales se esconde la esencia de todas las cosas. Es por ello que aquellos que vieron que estaban tan lejos de sus casas como humano ninguno había estado no han estado en realidad tan cerca como estuve yo de lo entrópico e infinito -el fuego primero- cuando tu mirada amaneció sobre mi pasiaje e hizo diamantes del rocío. Aquellos que llegaron en una cápsula con nombre de diós no gozaron de la misma atracción gravitatoria que sintió mi cápsula con nombre de hombre al llegar a tí,
oh, Luna.
Que esos hombres cuando volvieron a la Tierra no sintieron como la siente el mar tu lejanía y tu cercanía,
oh, Luna
y sin embargo lo sienten
mis vísceras
mi vientre
mis venas.
Sólo sueño en adquirir unas dimensiones próximas a las tuyas,
oh, Luna
-quizás con la cercanía- para poder hacer del nuestro el problema de los dos cuerpos: encontrar un centro de gravedad compartido y entonces bailar, bailar, bailar, toda la eternidad al son de una musica grabada en una pista, ésa de baile que no conoce límites. Sobreviviremos enconces a esa docena de hombres y a todo lo que por un día vieron amanecer.

Un giro de trama inesperado

Recuerdo el día, ese viernes no cualquiera. Todo anduvo por un camino en el que la sensualidad tomó el protagonismo. Tan apagada, tan cansada, tan pálida, tan tanto pero tan poco a la vez. Por eso pasaste por delante y ni siquiera sentiste mi presencia, transparentabas tanto, que pasaste de largo. "¡Eh!" exclamé, seguramente de forma más sutil, suave, no recuerdo ya, ya fue hace demasiado. Tu camisa también era transparente y blanco el sujetador que contenía un algo y un aire tan denso como ese algo, ese aire que ni siquiera compartimos.

Yo te respiraba pero tu ya respirabas otra cosa, tu olor era un preludio. Qué preludio. Lo que te de-gustaba. Canela. Sexo. Palabras, sólo palabras. Eso fueron: palabras transparentes. Como he dicho ni el aire compartimos: como íbamos a salirnos del papel. Seguramente el orígen de tu transparencia - cansancio -, esa que te cubría el rostro, se intuía debajo de tus ojeras, de la transparencia de tu esbeltez inusual de aquella tarde, tan delgada, quizás ilusiones mías.

Pero los preservativos que se deslizaron entre tu bolso te delataron. De nada sirvió que encendieras el cigarrillo con cierto estilo y deslizaras la cajetilla encima de ellos. El humo te resguardó de tu transparencia y esfumó los olores y las sutilezas.


Nos despedimos en una esquina, recuerdo, de forma discreta, sin pronunciar una palabra desmedida, desbordante, que sobrara, ya supiste. El octavo pasajero esperaba en tu portal y yo manos en el bolsillo, pisé con cierta indiferencia el suelo de aquella tarde de viernes no cualquiera.

Ante las puertas del Infierno

Quisiera que fuera tan fácil como llenarme de voluntad y andar hacia la terraza, correr la puerta, no sin antes haber subido la persiana de mimbre y contemplar un cielo azul. Muy azul. Azul como la idea de azul que todos tenemos. Y si entonces se cumpliera que el azul es azul, el rojo es rojo, el verde es verde, el amarillo; amarillo. Todos los colores fueran realmente lo que son y no matices, entonces quizás habría llegado el momento de ir en tu búsqueda.

Pero ¡desdichado sea! las cosas no son tan fáciles. No es por quejarme: he construido un mundo imposible a mi alrededor. Un mundo en el que temo a no poder escribir como pienso. Tanto miedo a que las palabras nunca roten sobre si mismas y salgan del plano del papel, que nunca bailen delante de los reflejos de tus ojos y una a una con un timbre y un tono parecido al mío, se proyecten en los cristales de tus ojos. Una a una. Nada más.

Empezaré cerrando los ojos y saldrán las palabras: rostro alegre, mirada perdida, sonrisa inconfusible; estallido de pelos, ahora rubios otrora castaños ¿Belleza? Sin duda alguna, belleza y además antisimétrica, labios tiernos pero imperfectos. Y qué mirada, dulce, dulcísima, de miel dulce dulce, dulce. Siempre viscosa entre una sonrisa. Ojos de otro estallido; verdes, azules, ámbar. Nariz afilada, hasta cierto punto, mejillas ahora rosáceas, ahora si te hubieras reído. No recuerdo lágrima alguna que los cubriera.

Una vez dudé pero ahora ya lo sé; fui una distracción más en el juego de tu vida, una casilla a la que llegaste entre dos tiradas de dados: porque decidiste tirar otra vez. Algunos deciden quedarse y no vuelven a jugar a los dados, pero no fuiste tu. Una vez traducí esas dudas en silencios, expectativas y expectaciones, en ser espectador, en respuestas que siempre llegaban ligeramente tarde. O demasiado, según se mire, demasiado tarde.

Es demasiado tarde. Los verbos copulativos son demasiado graves, pero hay que arriesgarse a utilizarlos. Si un tribunal me acusa por violarla con verbos copulativos entonces no tendré miedo, porque el jurado está de mi parte y además tengo testimonios de que en realidad nunca fue así, de que en realidad las palabras del mundo que he construido no han rotado sobre si mismas y no han salido del plano del papel porque pesan, el peso de las palabras, las palabras no pesan; se las lleva el viento, las palabras en boca son ligeras, privadas ellas mismas de su propio peso, de un atributo que jamás tendrán; ondas de presión que perturban las partículas que forma el aire y así se transmiten hasta que llegan a nuestro oido y por procesos físicos, electroquímicos y culturales nos dicen algo, que inmediatamente y en mayor o menor medida se convierten en un fenómeno fisiológico, no han tardado en sudarme las manos, porqué la palabra escrita pesa, sobre el papel, unos pocos gramos, son ligeras pero pesan y pocas palabras pesan tanto como las que plasmo ahora encima de esta pantalla, su peso les da múltiples significados pues quedan escritas, dan pié a la interpretación y a la inmortalidada la griega; puedes leer entre las juntas de las letras, una fuente que emana palabra, una lluvia de recuerdos en una tarde de cielo azul, azul, un momento amarillo, amarillo, para extender, tirar líneas y para dibujar, de una forma u otra, la historia de mi casilla.

He intentado durante demasiado tiempo violarte con mis palabras; te he escrito sin tu consentimiento. El silencio es la más ensordecedora de las respuestas de entre las que podías escoger. Y ya no hay nada más allá de este cielo azul, azul, azul y azul, que las puertas del Infierno.

Los Peligros del Amor


Cada vez que te miro veo en tu mirada, en tu mirar, una parte. Una mitad. Una porción. Que brilla. Veo en tus ojos un fulgor, un dulce fuego fatuo. Una luz. Una radiación. Que me mira. Que se dirige directa hacia mi corazón. Hacia mi pecho. Hacia un lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que estoy cera de ti, siento entre tu y yo un campo invisible, magnética o gravitatoriamente activo, aunque eso no lo sé, podría ser la propia química de la atracción, la física de la sugestión la alquimia del platonismo. En cualquier caso se crea un campo de Amor concentrado, expectante que me arrastra hacia un lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que te hablo, siento entre mis pensamientos y el hilo de mi voz una censura que me impiden decirte cuánto he esperado este momento cuánto lo he evocado y cuán poco tiempo he tenido para practicarlo. Vibra el campo alquímico entre tú y yo y llegan a tus oídos mis mensajes subliminales de que te necesito, quiero, siento y otros quehaceres muy comúnmente ocultos por las conveniencias del lugar indefinido que identifico como lo más mío que existe en este mundo.

Cada vez que te rozo, siento como todos mis poros se cierran, en un intento instintivo y de lo más natural de capturar a nivel microscópio el micro amor que al no esconderse en tus intenciones podría encontrarse en la esencia propia del aire que rodeas. Es entonces como de alguna forma me doy cuenta de que en lo más mío que existe en este mundo, existe el riesgo potencial de que allí estés tu y el amor que peligrosamente siento por ti.


La Rosa del Desierto


“Eres como una rosa del desierto”. Y era verdad. En aquella época tan difícil. En aquellos últimos días grises de verano. Si ella no hubiera estado allí. Si no hubiera estado a mi lado. Yo no sé que hubiera sido de mi sin ella.

Las rosas del desierto no son rosas normales, son sedimentos, formaciones terrosas hechas con paciencia y cariño por la aridad y la crudeza del desierto. Cristales que se pliegan en un centro y que inevitablemente nos evocan la belleza de una rosa. Me imagino sólo cruzando un desierto, arrastrando mi cuerpo entre las dunas, con un cielo azul y un sol de justicia, recubierto por una túnica blanca. Me imagino hundiéndome en la arena, tropezándome y saliendo despedido duna abajo. Me imagino cayéndome de bruces en la arena, tragándomela, hundiendo mi cabeza en ella. Me imagino sentir el tiempo perdido entre los días incontables fluyendo entre las pocas gotas que quedarían en mi cantimplora. Me imagino desesperándome. Perdiendo la razón. Delirando grandeza y oasis, me imagino sintiéndome incapaz de levantarme. Me imagino vencido por un camino que he escogido en la mitad del desierto. Y me imagino que en el último momento, exhalando los últimos halitos de vida, el viento descubre ante mis ojos lo más bello que habría visto en meses: una rosa del desierto.

Fue precisamente eso lo que sucedió así que “Eres como una rosa del desierto” le dije. Y le expliqué que no se trataba de una rosa cualquiera. Ella nunca había visto ninguna así que le expliqué lo que era y le dije que en cuánto pudiera le regalaría una.

Fue precisamente eso lo que sucedió. Podía sentir perfectamente como mi corazón batía con un compás más claro, con más firmeza, cuando ella estaba cerca. Y cada vez estaba más cerca. Y cada vez mi corazón latía con más fuerza. Pero el tiempo cambió los rostros, las peronas y los últimos días de un verano dorado fueron los últimos e increibles grises. Sin que hubiera tiempo de que encontráramos nuestro destino, el tiempo nos alcanzó.

Una mañana de otoño paseaba por el Rastro de Madrid, allí siempre distingues a alguien entre la marabunta de cabezas que se concentra. Siempre las mismas tiendas pero nunca las mismas personas. La corriente suele arrastrarte y es difícil entrometerte en sus callejones empinados. Pero si lo consigues puede que incluso llegues a encontrar esa tienda en la que exhiben y venden piedras y minerales. Así fue como encontré a las rosas del desierto. Busque una que se adecuara a su belleza y la compré.

A veces durante las noches en las que estoy perdido y solitario y aunque no necesariamente tenga que tener sed, abro el tercer cajón y contemplo a la rosa aún envuelta impaciente por ser enviada a un destinatario que se me aparece aún sedimentada formando bellos y perfectos cristales rojos y sin espinas en aquél remoto lugar durante esos últimos e increíbles días grises de verano.


Púrpura Profundo


A veces. Después de ocho años, dos meses, veintiún días y algunas horas la historia sigue siendo la misma. A veces son un par de acordes de otro mundo de una canción de este. A veces es un gesto. A veces el cierto crujido de hojas secas. A veces es el olor del polen de una flor. A veces pasa que todo me recuerda inevitablemente en algún ínfime detalle a aquella noche de hace ocho años, dos meses, veintiún días y seis horas para ser exactos. A veces pasa que siento que yo soy yo y no un recuerdo infantil de mí desde hace precisamente ésta cantidad de tiempo. Y como si en ese momento me hubieran puesto en órbita durante todo este tiempo un rincón un tanto húmedo, cálido y de un color grana oscuro de mente la haya tenio a ella no sólo como centro gravitatorio sinó como único planeta habitable del Universo Mayúsculo.

A veces pienso cuándo y cuán duro lo he intentado.

Pero es imposible. Será cierto que en esta vida hay ciertos momentos de naturaleza irremediablemente irreversible. Un nuevo punto de referencia a partir del cual desde hace ocho años, dos meses, veitniún días y seis horas para ser exactos lo he medido todo en mi vida:

el tamaño de unos ojos.
El perfil de las narices.
Las comisuras de los labios.
La longitud de los dedos.
La finura de unos cabellos.
La produndidad de unas almas.
La distancia que necesito para quedarme sin su cobertura.
El tiempo necesario para construir el olvido.
La cadencia de un pulmón enamorado y otro no.

El descubrimiento de las unidades físicas y magnitudes con las que se mide el Amor Mayúsculo:

un de tí.
Dos como tú.
Hasta cuatro para ella.
No seis llega a sí.

Así que para el final vamos lo diré ya de una vez: por favor acércate a mí, que realmente te necesito.

Su lenguaje silencioso

Soy incapaz de recordar su rostro, fijo mi mirada en un punto en la pared y con el reflejo de la luz muerta de la habitación intento dibujar su perfil, dibujar la gravedad de su mirada, respirar el volumen de sus mejillas. Pero no puedo. Como si fueran las palabras de una conversación que no se puede transcribir, el recuerdo de su rostro se me escapa.

En sueños sin embargo ella aparece, viene como si respondiera a mi llamada, viene como si quisiera mostrarme su rostro, viene como si supiera que a la mañana siguiente la pared siguiera blanca y ni rastro de su rostro. Viene como si supiera que en sueños distinguiría su rostro entre millones.

Y cómo no recuerdo su rostro, no puedo leer sus labios y escuchar ese lenguaje silencioso que me indicaba que dirección seguir. No tengo dirección que tomar. Me siento en la terraza, enciendo un cigarrillo y decepcionado veo como el humo sólo sube hacia arriba: ni pizca de una brisa que me señale una dirección. Pero detrás del humo distingo algo, es una flecha que se suspende en el aire. Me pongo las gafas. Una antena. Ahora que me fijo, hay mucho más que una, hay más de una por bloque, la ciudad está llena. Todas parecen marcar fíjamente una dirección. La dirección siempre ha estado aquí arriba en los tejados. Parece que todas me indican la misma. El humo del cigarrillo sigue alzándose como una columna vertical. Ya tengo una dirección. Ahora me falta saber a dónde lleva. Claro que siempre estoy a tiempo de comprobarlo cuando haya llegado.

Hoy me ha parecido distinguir su reflejo. Las gafas me han resbalado ligeramente en la nariz y a pocos centímetros de mis ojos ha aparecido un ojo y unas pestañas reflejados en la lente. Y sí no hay ninguna duda. Era el ojo de ella.

Claro que ahora tengo que encontar la relación entre las antenas y el reflejo. Aunque no creo que al marcharse, me dejara todas aquellas señales en todos los tejados de la ciudad, ni que empolvase con unos gramos de mirada uno de los cristales. Quizá al soplar el viento en aquella dirección me llegue el eco sordo de su lenguaje silencioso. Quién sabe. Yo no lo sé.

En este día perfecto


Para el observador práctico, se trata de una cuestión de tiempo. Una casualidad; una gota que cae en el lago de la realidad y propaga ondas de casualidades. Un evento que seca los cielos y marca el rumbo de nuestras vidas, sopla las velas y nos lleva dónde queman las estrellas.

Sueños que vienen de cielos distantes, muertes que hemos vivido silenciosamente, respuestas sin preguntas, dolores que nunca sufrimos, conversaciones no habladas; una gota que lo puede con todo. Una gota que encuentra todas las verdades detrás de la gran mentira. La mentira que nos envuelve día a día, paso a paso, calle a calle, casa a casa; mentira que creída nos ordena nuestras vidas, nos envuelve nuestros pensamientos. Te veo andar y ya no me fijo en tí; ya no me importas; hay una casualidad más importante que la tuya: más causal.

La vida me quema en la distancia, tu Sol le sonríe a sus cenizas; en este día perfecto.

Sobre errar por el Boulevard de los Sueños rotos


Y cómo proyectándose desde alguna bovina olvidada volvió; se entrometió en mis sueños, logró sortear las trampas y los laberintos de mi subconsciente para volver a instalarse allí, tumbada desnuda encima de esa habitación de mis sueños y mi ensueño; aquella en la que dispongo y despacho mis deseos.

Así que la visita fue obligada, en mis sueños no hacen falta muchos pretextos para acariciarla, para conducir mis manos hacia el sur de sus placeceres, para acariciarla, para encenderla, para llenarla.

Fue una largamente entrada noche de octubre, o del més en el que entra el invierno, no quedaban esperanzas para disimular la oscuridad; el señor de la noche no estuvo conmigo, dispuso sobre mí tan sólo las sombras; abatido me decidí por volverme a mi madriguera; de camino, se nos encontraron los ojos, cómo las canicas de dos mocosos de la escuela, iridiscentes, fragmentando los colores y estallando entre ellas, perfectamente elásticas “clac!”. Así chocaron nuestras miradas, así aprendí durante 7 meses, 7 días y unas tantas horas, a desearla. Claro que todo esto no tendría sentido si no viniera ahora la parte en la que se satisfifieron mis deseos, y llegó.

Pero de todo eso hace ya mucho tiempo; el niño ha perdido ya todas sus canicas.

Es por ello y sin ningún otro pretexto que al levantarme de entre esa proyección de bovina extraviada me pregunto, ¿porqué? ¿porqué ahora vuelves de dónde la magia?

Fotografía "Apropos To Magritte" de Nick Darastean

Focalizando

Sucede que una vez al día, sin que eso sea objeto de gran interés, anochece. Se encrepuscla el cielo. Sucede también que siempre hay una longitud en la que sucede; siempre anochece. Sucede menos a menudo y ya a nivel particular que uno contempla (verdaderamente) uno de esos crepúsculos, lejos de una gran ciudad; el Seine ha sido cambiado por un río cualquiera, cerca de un monte cualquiera. Sucede que uno se planta;

esa estrella es Venus. Y miro hacia arriba, el rojo se torna en un rosado que se convierte en azuloscuro y es casi negro cuando llego al zénit. Levanto la cabeza hasta que en mi vista veo media esfera de punta azul oscura y contornos rosáceos. Sucede que miro hacia un punto, fijo mi vista en una dirección del paisaje.

Allí estás, en alguna de esas casas, te estoy mirando.

Pero no me devuelven la mirada.

Nos vemos en el espejo como mínimo un par de veces al día. Pero ¿cuántos días penetramos por nuestros ojos hacia el abismo que esconden nuestras entrañas? ¿Cuántos días vemos a Venus? ¿Cuántas noches le lloramos a Marte sin que de reojo nos mire la Luna?

¿Cuándo me devolveran la mirada las estrellas?

Castillos en el Aire, II

Ahora, ahora toca ser uno mismo. O uno otro, o todos a la vez, o nadie. Toca arremangarse e intentar justificar el porqué, el cómo, el cuándo y el cuánto. Porqué te conocí, Cómo te conocí, cuándo quise conocerte y quanto quiero conocerte.

Ser uno mismo, para al final volverse tan sincero, tan verdadero que de cansarte de verme, veas a través de mí. Convertirme en algo que no puedas abrazar, porqué sólo del misterio se alimenta la carne.

Ser uno otro, o uno mismo sin llegar a serlo del todo, es decir, ser un cobarde. Así se termino siendo transparente, pero no sólo transparente, sinó que hecho de vapor, de modo que a tu menor jadeo, me desvanezca

Ser todos a la vez, todos los hombres, y ser todo hombre, para ser sólo carne, no acercarme a tí sinó para intentar arrancarte las vestiduras y tenerte sólo en superfície, sólo en yema, uña y carne. Violentamente.

Ser nadie, y aceptar la derrota de la que parten todos los hombres: dormir contigo sin acostarme contigo, estar contigo sin vivir contigo, conversar contigo sin hablar contigo.

Todo conmigo pero sin .

Castillos en el Aire, I

Se presenta un dilema terrible; ¿debo conocerla? ¿Qué derecho tengo? A mirarla, a acercarme a ella, a hablarle... acaso... ¿a acariciarla? No tengo ningún derecho.

¿Cómo podría hacerlo? Haciendo el ridículo supongo "Hola, perdona, sin pretexto alguno he notado lo bonita que eras y he decidido venir y conocerte". No, eso no puede hacerse, sinó este mundo estaría condenado con sinceridad. Hay que esperar que ocurra, que se pongan en marcha los mecanismos de la casulidad, único órgano regulador y ejecutador de las relaciones humanas. Él único por derecho.

Oh vaya, no, no puedo aceptarlo, ¿por casualidad entonces? ¿Es así como pretendes que la conozca? Y dime... ¿Qué tiene de digno la casualidad? ¿Qué tiene de noble? ¡Nada! ¡Castillos en el aire! Dejame, deja que me abra paso, dejame andar a grandes zancadas, para alcanzarla a lo pronto. Deja que choque contra su armadura de cristal en la que se reflejarán en el último momento todos mis temores, despojándome de todas mis armas excepto con la del ridículo, que pocas veces es mortal.

Ya lo has hecho, ya has vencido, estas más allá de la casualidad y la causalidad, ya la conces. Ya ha entrado en tu vida, ¿y ahora qué?